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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO DE FORMACIÓN PARA NUEVOS OBISPOS

Sala Clementina
Viernes 16 de septiembre de 2016

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Queridos hermanos, buenos días.

Estáis ya casi al final de estas fecundas jornadas transcurridas en Roma para profundizar en la riqueza del misterio al que Dios os ha llamado como obispos de la Iglesia. Saludo con gratitud a la Congregación para los Obispos y a la Congregación para las Iglesias Orientales. Saludo al Cardenal Ouellet y le agradezco sus amables palabras, palabras fraternas. En la persona del Cardenal Ouellet y del Cardenal Sandri, quiero agradecer el generoso trabajo que se hace para el nombramiento de los obispos y el esfuerzo con que se ha preparado esta semana. Me alegra recibiros y compartir con vosotros algunas ideas que están en el corazón del Sucesor de Pedro cuando veo ante mí a los que han sido «pescados» por el corazón de Dios para guiar a su Pueblo Santo.

1. El estremecimiento de haber sido amados primero

Sí, Dios os precede en su amoroso conocimiento. Él os ha «pescado» con el anzuelo de su sorprendente misericordia. Sus redes se han ido restringiendo misteriosamente y no habéis podido hacer otra cosa que dejaros capturar. Sé bien que todavía hoy, cuando recordáis la llamada que os llegó a través de la voz de la Iglesia, su Esposa, el estremecimiento se apodera de vosotros. No sois los primeros en ser invadidos por esta sensación.

Lo ha experimentado Moisés, que creía estar solo en el desierto y en cambio se sintió encontrado y atraído por Dios, que le confió su propio Nombre, no para él, sino para su pueblo (cf. Ex 3). Le confía el Nombre para el pueblo, no olvidéis esto. Continúa elevándose a Dios el grito de dolor de su gente, y sabed que esta vez el nombre que el Padre ha querido pronunciar es el vuestro, para que pronunciéis su Nombre al pueblo.

Lo ha sentido también Natanael, quien, al haber sido visto cuando todavía estaba «bajo la higuera» (Jn 1,48), se descubre con estupor a sí mismo custodio de la visión de los cielos que definitivamente se abren. Son muchos los que todavía no han encontrado en su vida este pasillo que da entrada a lo alto, y vosotros habéis sido vistos de lejos para guiar hacia la meta. No os contentéis con menos. No os quedéis a mitad de camino.

Lo ha notado también la Samaritana, «conocida» por el Maestro en el pozo de la aldea, que luego llama a sus paisanos al encuentro con aquel que posee el agua de la vida (cf. Jn 4,16-19). Es importante que toméis conciencia de que en vuestras Iglesias no es necesario ir «de mar a mar», porque la Palabra de la que la gente tiene hambre y sed la pueden encontrar en vuestros labios (cf. Am 8,11-13).

También los Apóstoles estuvieron invadidos por un estremecimiento semejante cuando, desvelados «los pensamientos de sus corazones», descubrieron con esfuerzo el acceso a la vía secreta de Dios, que habita en los pequeños y se le esconde a quien se basta a sí mismo (cf. Lc 9,46-48). No os avergoncéis de las veces en que también vosotros os habéis alejado de los pensamientos de Dios. Abandonad más bien la pretensión de la autosuficiencia para confiaros como niños a Aquel que revela su Reino a los pequeños.

Incluso los fariseos percibían también ese sobresalto cada vez que el Señor, que los conocía, los desenmascaraba en sus pensamientos, que eran tan pretenciosos que querían medir el poder de Dios con la estrechez de su propia mirada, y tan blasfemos que murmuraban en contra de la soberana libertad de su amor salvífico (Mt 12,24-25). Dios os libre de convertir este estremecimiento en algo estéril, de domesticarlo y de vaciarlo de su potencial «desestabilizante». Dejad que os «desestabilice»: esto es bueno para un obispo.

2. Admirable condescendencia

Es hermoso dejarse traspasar por el conocimiento amoroso de Dios. Llena de consuelo saber que él conoce verdaderamente cómo somos y no se espanta de nuestra deficiencia. Nos da serenidad conservar en el corazón la memoria de su voz, que nos ha llamado a pesar de nuestras insuficiencias. Nos da paz abandonarnos a la certeza de que será él, y no nosotros, quien lleve a cumplimiento lo que él mismo ha iniciado.

Hoy muchos se encubren y esconden. Les gusta construir personajes e inventar perfiles. Se hacen esclavos de los míseros recursos que acumulan y a los cuales se aferran como si bastasen para comprar el amor que no tiene precio. No soportan el estremecimiento de saberse conocidos por Alguien que es más grande y no desprecia nuestra poquedad, es más Santo y no nos recrimina nuestra debilidad, es bueno de verdad y no se escandaliza de nuestras heridas. Que no ocurra así entre vosotros: dejad que ese estremecimiento os invada, no lo apartéis ni lo acalléis.

3. Pasar por el corazón de Cristo, verdadera Puerta de la Misericordia

Por todo esto, el próximo domingo, cuando atraveséis la Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia, que ha atraído a Cristo a millones de peregrinos de la Urbe y del Orbe, os invito a vivir intensamente una experiencia personal de gratitud, de reconciliación, de confianza total, de entrega de la propia vida sin reservas al Pastor de los Pastores.

Al pasar por Cristo, la única Puerta, poned vuestra mirada en su mirada. Dejad que él os alcance «miserando atque eligendo». La riqueza más grande que podéis llevaros de Roma al comienzo de vuestro ministerio episcopal es la conciencia de la misericordia con la que habéis sido mirados y elegidos. El único tesoro que os ruego que no dejéis que se enmohezca en vosotros es el de la certeza de que no estáis abandonados a vuestras fuerzas. Vosotros sois obispos de la Iglesia, partícipes de un único episcopado, miembros de un Colegio indivisible, insertados fuertemente, como humildes sarmientos en la vid, sin la cual nada podréis hacer (Jn 15,48). Ahora que ya no podéis ir solos a ninguna parte, porque lleváis a la Esposa que se os ha confiado grabada como un sello en vuestra alma, cuando atraveséis la Puerta Santa hacedlo llevando sobre la espalda a vuestro rebaño: no solos, sino con el rebaño a cuestas, y llevando en vuestros corazones el corazón de vuestra Esposa, de vuestras Iglesias.

4. Hacer más pastoral la misericordia

No es una tarea fácil. Preguntadle a Dios, que es rico en misericordia, el secreto para hacer más pastoral su misericordia en vuestras diócesis. Es necesario, en efecto, que la misericordia forme e informe las estructuras pastorales de nuestras Iglesias. No se trata de rebajar las exigencias o de malvender nuestras perlas. Es más, la única condición que la perla preciosa pone a quienes la encuentran es la de no contentarse con menos que todo; su única pretensión es suscitar en el corazón de quien la encuentra la necesidad de arriesgarse totalmente para tenerla.

No tengáis miedo de proponer la misericordia como resumen de todo lo que Dios ofrece al mundo, porque el corazón del hombre no puede aspirar a nada más grande. Si eso no fuera suficiente para «infundir calor de vida en el hielo, domar el espíritu indómito, guiar al que tuerce el sendero», ¿qué otra cosa podría tener poder sobre el hombre? Entonces, estaríamos desesperadamente condenados a la impotencia. ¿Tendrían así nuestros miedos el poder de romper muros y abrir caminos? ¿Acaso nuestras inseguridades y desconfianzas podrían suscitar dulzura y consuelo en la soledad y en el abandono?

Como ha enseñado mi venerado y sabio predecesor, es «la misericordia la que pone un límite al mal. En ella se expresa la naturaleza del todo peculiar de Dios: su santidad, el poder de la verdad y del amor». Ella es «el modo con el cual Dios se opone al poder de las tinieblas con su poder diverso y divino» (Benedicto XVI, Homilía, 15 abril 2007). Por lo tanto, no os dejéis intimidar por la prepotente insinuación de la noche. Conservad intacta la certeza de este poder humilde con el que Dios llama al corazón de todo hombre: santidad, verdad y amor. Hacer más pastoral la misericordia no es otra cosa que convertir las Iglesias a vosotros encomendadas en hogares donde habiten la santidad, la verdad, el amor. Que habiten como huéspedes venidos de lo alto, de los cuales uno no se puede adueñar, sino que a los se deben servir siempre, repitiendo: «No pases de largo junto a tu siervo» (Gn 18,3), es la petición de Abrahán.

5. Recomendaciones para hacer más pastoral la misericordia

Quisiera ofreceros tres pequeñas reflexiones como ayuda para esta enorme tarea que os espera: hacer más pastoral la misericordia por medio de vuestro ministerio, es decir, hacerla accesible, tangible, «encontrable».

5.1. Obispos capaces de encantar y atraer.

Haced de vuestro ministerio un icono de la misericordia, la única fuerza capaz de seducir y atraer de modo permanente el corazón del hombre. También el ladrón se dejó llevar en la última hora por Aquel que «no ha hecho nada malo » (Lc 23,41). Al verlo traspasado en la cruz, se daban golpes de pecho confesando lo que, de otra manera, nunca habrían podido reconocer en sí mismos si no se hubiesen sentido desconcertados por aquel amor que antes nunca habían conocido y que, sin embargo, brotaba gratuita y abundantemente. A un dios lejano e indiferente se le puede incluso ignorar, pero no es fácil resistirse a un Dios tan cercano y además herido por amor. La bondad, la belleza, la verdad, el amor, el bien: esto es lo que podemos ofrecer a este mundo mendigo, aunque sea en vasijas medio rotas.

Pero no se trata de atraer hacia uno mismo: esto es un peligro. El mundo está cansado de embaucadores mentirosos. Y me atrevo a decir: de sacerdotes «a la moda» o de obispos «a la moda». La gente «olfatea» —el Pueblo de Dios tiene el olfato de Dios—, la gente «olfatea» y se aleja cuando reconoce a los narcisistas, a los manipuladores, a los defensores de las propias causas, a los proclamadores de vanas cruzadas. Buscad más bien secundar a Dios, que se presenta ya antes de que vosotros lleguéis.

Pienso en Elí con el pequeño Samuel, en el Primer Libro de Samuel. A pesar de que era un tiempo en el que «era rara la palabra del Señor y no eran corrientes las visiones» (3,1), Dios sin embargo no se había resignado a desaparecer. Sólo a la tercera vez, el adormecido Elí comprendió que el joven Samuel no tenía necesidad de su respuesta sino de la de Dios. Veo hoy el mundo como a un confundido Samuel, necesitado de alguien que le ayude a distinguir, en el gran ruido que turba su agonía, la secreta voz de Dios que lo llama. Se necesitan personas que sean capaces de hacer surgir en los confusos corazones hodiernos un humilde balbuceo: «Habla, Señor» (3,9). Y hacen más faltan todavía más los que saben favorecer el silencio para que esta palabra se pueda escuchar.

Dios nunca se rinde. Somos nosotros los que, acostumbrados a darnos por vencidos, nos acomodamos muchas veces y preferimos dejarnos convencer de que verdaderamente lo han podido eliminar e inventamos discursos amargos para justificar con el sonido inmóvil de las vanas quejas la pereza que nos paraliza. La queja en un obispo es algo feo.

5.2. Obispos capaces de iniciar a quienes os han sido encomendados.

Para poder adentrarse en todo lo que es grande se necesita un proceso. Mucho más la misericordia divina, que es inagotable. Una vez aferrados por la misericordia, esta exige un proceso de introducción, un camino, un sendero, una iniciación. Basta mirar a la Iglesia, que es Madre al engendrar para Dios y Maestra en iniciar a aquellos que ha engendrado para que comprendan la verdad en plenitud. Basta contemplar la riqueza de sus sacramentos, fuente a la que debemos retornar siempre, también en nuestra pastoral, que no debe ser otra cosa que la tarea maternal de la Iglesia de alimentar a los que han nacido de Dios y por medio de ella. La misericordia de Dios es la única realidad que hace que el hombre no se pierda definitivamente, aun cuando, desventuradamente, trate de huir de su encanto. En ella, el hombre puede estar siempre seguro de no caer en ese abismo en el que se encuentra privado de origen y destino, de sentido y horizonte.

El rostro de la misericordia es Cristo. En él, ella permanece como una ofrenda permanente e inagotable; en él, proclama que ninguno está perdido —¡ninguno está perdido!—. Para él, cada uno es único. Única es la oveja por la cual él se arriesga en la tempestad; única la moneda comprada con el precio de su sangre; único el hijo que estaba muerto y ahora está vivo (cf. Lc 15). Os ruego que no miréis a vuestros fieles con otra perspectiva que no sea la de su unicidad, que no dejéis de intentarlo todo con tal de llegar a ellos, sin escatimar esfuerzo alguno para recuperarlos.

Sed obispos capaces de iniciar a su Iglesia en este abismo de amor. Hoy se pide mucho fruto de unos árboles que no han sido suficientemente cultivados. Se ha perdido el sentido de la iniciación y, sin embargo, en las cosas verdaderamente esenciales de la vida, se accede solamente mediante la iniciación. Pensad en la emergencia educativa, en la transmisión tanto de los contenidos como de los valores, pensad en el analfabetismo afectivo, en los procesos vocacionales, en el discernimiento en las familias, en la búsqueda de la paz: todo esto requiere iniciación y procesos guiados con perseverancia, paciencia y constancia, que son los signos que distinguen al buen pastor del mercenario.

Me viene a la mente Jesús cuando inicia a sus discípulos. Tomad el Evangelio y observad cómo el Maestro introduce con paciencia a los suyos en el misterio de su propia persona y, al final, para imprimir dentro de ellos su persona, les da el Espíritu que «enseña todas las cosas» (cf. Jn 16,13). Siempre me conmueve una acotación de Mateo en el discurso de las parábolas que dice así: «Luego [Jesús] dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle “Explícanos...”» (13,36). Quiero detenerme en esta acotación aparentemente irrelevante. Jesús entra en casa, en la intimidad de los suyos, la multitud queda fuera, se acercan los discípulos, piden explicaciones. Jesús siempre estaba inmerso en las cosas de su Padre, con el cual mantenía la intimidad de la oración. Por eso podía estar presente ante sí mismo y ante los otros. Salía hacia la multitud, pero tenía la libertad de regresar.

Os recomiendo cuidar la intimidad con Dios, fuente de la posesión y la entrega de sí, de la libertad para salir y regresar. Ser Pastores que sepan también entrar en casa con los vuestros, capaces de suscitar esa sana intimidad que ayuda a los demás a acercarse, a crear la confianza que favorece aquella pregunta: «Explícanos». No se trata de una explicación cualquiera, sino del secreto del Reino. Es una pregunta dirigida a vosotros en primera persona. No se puede delegar la respuesta en ningún otro. No se puede postergar para después porque se vive dando vueltas, en un impreciso «otro lugar», yendo a una parte y volviendo de otra, sin estar a menudo bien asentados en sí mismos.

Os pido que cuidéis con especial premura las estructuras de iniciación de vuestras Iglesias, especialmente de los seminarios. No os dejéis tentar por el número y la cantidad de las vocaciones, sino buscad más bien la calidad del discipulado. Ni números, ni cantidad: solamente la calidad. No privéis a los seminaristas de vuestra firme y tierna paternidad. Hacedlos crecer hasta el punto de adquirir la libertad de estar en Dios «tranquilos y serenos como niños en brazos de su madre» (cf. Sal 131,2); no presos de sus propios caprichos y esclavos de las propias fragilidades, sino libres de abrazar lo que Dios les pide, aun cuando no sea siempre dulce como fue al comienzo en el seno materno. Y estad atentos cuando algún seminarista se refugie en la rigidez: debajo hay siempre algo feo.

5.3. Obispos que saben acompañar

Permitidme una última recomendación para hacer más pastoral la misericordia. Y aquí estoy obligado a llevaros nuevamente al camino de Jericó para contemplar el corazón del Samaritano que se desgarra como el vientre de una madre, tocado por la misericordia frente a aquel hombre sin nombre caído en manos de los bandidos. En primer lugar está ese dejarse conmover al ver al herido medio muerto, y luego viene la serie impresionante de verbos que todos conocéis. Verbos, no adjetivos, como muchas veces preferimos nosotros. Verbos en los cuales se conjuga la misericordia.

Hacer más pastoral la misericordia es justamente esto: conjugarla en verbos, hacerla palpable y operativa. Los hombres necesitan misericordia; la buscan aun sin saberlo. Saben bien que están heridos, lo sienten, saben bien que están «medio muertos» (cf. Lc 10,30), aun teniendo miedo de admitirlo. Cuando inesperadamente ven que se acerca la misericordia, entonces, exponiéndose, tienden la mano para mendigarla. Les fascina su capacidad de detenerse cuando son tantos los que pasan de largo; de inclinarse, cuando un cierto reumatismo del alma impide doblarse; de tocar la carne herida, cuando lo que prevalece es la preferencia por todo lo que es aséptico.

Quisiera detenerme en uno de los verbos conjugados por el Samaritano. Él acompaña hasta la posada al hombre que encontró por casualidad, se hace cargo de su suerte. Se interesa por su curación y por su futuro. No le basta lo que ya había hecho. La misericordia, que le había partido el corazón, necesita derramarse y brotar. No se puede taponar. No se puede hacerlo parar. Aun siendo sólo un samaritano, la misericordia que lo ha tocado participa de la plenitud de Dios y, por eso, no hay dique que la detenga.

Sed obispos con el corazón herido por una misericordia así y, por lo tanto, incansable en la humilde tarea de acompañar al hombre que «por casualidad» Dios ha puesto en vuestro camino. Allá donde vayáis, recordad que el camino de Jericó no está lejos. Vuestras Iglesias están llenas de esos caminos. No será difícil encontrar cerca de vosotros a quien está esperando, no a un «levita» que le vuelva la cara, sino a un hermano que se hace prójimo.

Acompañad ante todo y con paciente solicitud a vuestro clero. Estad cerca de vuestro clero. Os pido que llevéis a vuestros sacerdotes el abrazo del Papa y el aprecio por su laboriosa generosidad. Tratad de reavivar en ellos la conciencia de que Cristo es su «suerte», su «lote de heredad», la parte que les toca beber en el «cáliz» (cf. Sal 15,5). ¿Quién sino Cristo podrá llenar el corazón de un servidor de Dios y de su Iglesia? Os ruego también que actuéis con gran prudencia y responsabilidad cuando acojáis a los candidatos o incardinéis sacerdotes en vuestras Iglesias locales. Por favor, prudencia y responsabilidad en esto. Recordad que, desde los orígenes, se quiso que la relación entre una Iglesia local y sus sacerdotes fuera inseparable y nunca se ha aceptado un clero vagabundo o en tránsito de un lugar para otro. Y esta es una enfermedad de nuestros tiempos.

Ofreced un acompañamiento especial a todas las familias, gozando con su amor generoso y alentando el inmenso bien que realizan en este mundo. Seguid sobre todo a las más heridas. No «paséis de largo» ante su fragilidad. Deteneos para dejar que vuestro corazón de pastor quede traspasado al ver sus heridas; acercaos con delicadeza y sin temor. Poned ante sus ojos la alegría del amor auténtico y de la gracia con la cual Dios los eleva a la participación del propio Amor. Muchos necesitan redescubrirla, otros nunca la han conocido, algunos esperan rescatarla, son muchos los que deberán llevar en sus espaldas el peso de haberla perdido irremediablemente. Os ruego que los acompañéis en el discernimiento y con empatía.

Queridos hermanos

Ahora rezaremos juntos y yo os bendeciré con todo mi corazón de pastor, de padre y de hermano. La bendición es siempre la invocación del rostro de Dios sobre nosotros. Cristo es el rostro de Dios que nunca se oscurece. Cuando os bendiga, le pediré que camine con vosotros y que os dé la valentía de caminar con él. Su rostro es el que nos atrae, se imprime en nosotros y nos acompaña. Que así sea.

 



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