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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LAS POBLACIONES VÍCTIMAS DEL TERREMOTO EN EL CENTRO DE ITALIA*

Aula Pablo VI
Jueves 5 de enero de 2017

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¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

He escrito aquí los dos testimonios que hemos escuchado, subrayando alguna expresión, alguna palabra, que me ha llegado al corazón, y de esto quiero hablar.

Una palabra que era como un estribillo: reconstruir. Como ha dicho Raffaele con mucha concisión y fuerza: “Reconstruir los corazones incluso antes que las casas”. “Reconstruir –ha dicho el padre Luciano– el tejido social y humano de la comunidad eclesial”. Re- construir. Me viene en mente lo que dijo un hombre que encontré, no recuerdo en cual de los pueblos que visité aquel día [durante su visita en los lugares del terremoto el 4 de octubre de 2016]: “Por tercera vez comenzaré a construir mi casa”. Empezar de nuevo, no abandonarse –“Lo he perdido todo”–, amargura... El dolor es grande Y reconstruir con dolor... Las heridas del corazón están ahí. Hace unas semanas, me encontré aquí con la pequeña Giulia, con sus padres, que había perdido a su hermano, con su hermana pequeña... Después con el matrimonio que había perdido a sus hijos gemelos... Y ahora me encuentro con vosotros que habéis perdido a personas de vuestras familias. Los corazones están heridos. Pero hay una palabra que Raffaele ha dicho hoy: reconstruir los corazones, que no es “mañana será mejor”, no es optimismo, no; no hay lugar para el optimismo aquí: para la esperanza sí, pero no para el optimismo. El optimismo es una actitud que nos sirve en algún momento, te lleva hacia adelante, pero no tiene sustancia. Hoy nos sirve la esperanza, para reconstruir, y esto se hace con las manos, otra palabra que me ha llegado al corazón.

Raffaele ha hablado de las “manos”: el primer abrazo con las manos a su esposa; después cuando agarra a los niños para sacarlos de la casa: las manos. Esas manos que ayudan a las familias a liberarse de los escombros; la mano que deja a su hijo en brazos, en las manos de no sabe quién para acudir a ayudar a otro. “Luego estaba la mano de alguien que me ha guiado”, dijo. Manos. Reconstruir y para reconstruir hacen falta el corazón y las manos; nuestras manos, las manos de todos. Esas manos con las que decimos que Dios, como un artesano, hizo el mundo. Manos que curan. Me gusta bendecir a los enfermeros, a los médicos; bendecir sus manos, porque sirven para curar. Las manos de tantas personas que ayudaron a salir de esta pesadilla, de este dolor; las manos de los bomberos, tan buenos... y las manos de todos los que dijeron: “No, doy lo que tengo, doy lo mejor”. Y la mano de Dios en la pregunta “¿por qué ?” – pero son preguntas que no tienen respuestas, ha sido así.

Otra palabra que se ha escuchado es herida, herir. “Nos hemos quedado allí para no herir más a nuestra tierra”, ha dicho el párroco. ¡Que bonito! No herir más a lo que está herido. Y no herir con palabras vacías, tantas veces, o con noticias que no tienen respeto ni ternura frente al dolor. No herir. Todo el mundo ha sufrido. Algunos han perdido mucho: la casa, los hijos o los padres, el cónyuge... Pero no herir. El silencio, las caricias, la ternura del corazón nos ayuda a no herir.

Y después se hacen milagros en los momentos de dolor: “Ha habido reconciliaciones”, ha dicho el párroco. Se dejan de lado las viejas historias y nos encontramos juntos en otra situación. Reencontrarse: con el beso, con el abrazo, con la ayuda recíproca... también con el llanto.

Llorar solos hace bien, es una expresión ante nosotros mismos y ante Dios; pero es mejor llorar juntos, nos encontramos llorando juntos. Estas son las cosas que han inspirado a mi corazón cuando he leído y escuchado estos testimonios.

Otra frase, que también ha dicho Raffaele: “Hoy nuestra vida no es la misma. Es verdad, nos hemos salvado , pero hemos perdido”. Salvados, pero derrotados. Es algo nuevo este camino de vida. La herida se cura, las heridas se curarán, pero las cicatrices permanecerán durante toda la vida, y serán un recuerdo de este momento de dolor. Será una vida con una cicatriz más. No es la misma que antes. Sí, existe la suerte de estar con vida, pero no es lo mismo que antes.

Después el padre Luciano ha mencionado la virtud, vuestras virtudes : “Quiero atestiguar –ha dicho– la fortaleza de ánimo, el coraje, la tenacidad, y al mismo tiempo la paciencia, la solidaridad en la ayuda recíproca de mi gente”. Y esto se llama ser “bien nacidos”, no sé si en italiano se utiliza esta expresión, pero en español significa una persona que ha nacido bien. Y él, como párroco, dice: “Estoy orgulloso de mi gente”. Yo también tengo que decir que me siento orgulloso de los párrocos que no han dejado la tierra, y esto es bueno: tener pastores que no huyen cuando ven al lobo. Hemos perdido, sí, hemos perdido muchas cosas: casa, familia, pero nos hemos convertido en una gran familia en otro modo.

Y hay otra palabra que hemos pronunciado sólo dos veces, como de paso, pero era el quid de estos dos testimonios: la cercanía. “Hemos sido vecinos y nos mantenemos cerca uno del otro”. Y la cercanía nos hace más humanos, más personas de bien, más valientes. Una cosa es ir solo por los caminos de la vida, y otra es ir de la mano con otro, uno junto al otro. Y vosotros habéis sentido esta cercanía.

Y luego otra palabra que se ha perdido en el discurso, empezar de nuevo, sin perder la capacidad de soñar, soñar con el recuperarse, tener el valor de soñar una vez más. Estas son las cosas que, en los dos testimonios, más han llegado a mi corazón y por eso he querido tomar vuestras palabras para hacerlas mías, porque en una situación como la vuestra lo peor que se puede hacer es echar un sermón, lo peor. Solamente, [quería] tomar lo que dice vuestro corazón y hacerlo mío, y decirlo con vosotros y reflexionar un poco sobre ello.

Sabéis que estoy cerca de vosotros. Y os digo: cuando me di cuenta de lo que había sucedido aquella mañana, apenas me desperté me encontré con una nota donde informaban de las dos sacudidas. Sentí dos cosas: tengo que ir, tengo que ir y después sentí dolor, mucho dolor. Y con ese dolor fui a celebrar la misa ese día.

Gracias por haber venido hoy y también a algunas audiencias en los últimos meses. Gracias por todo lo que habéis hecho para ayudarnos, para construir, para reconstruir los corazones, las casas, el tejido social. También para reconstruir [reparar] con vuestro ejemplo el egoísmo que está en nuestro corazón que no hemos sufrido esto. Muchas gracias a vosotros. Y estoy cerca de vosotros.


* Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede



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