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VISITA PASTORAL DEL PAPA FRANCISCO A MILÁN

ENCUENTRO CON LOS CHICOS Y CHICAS CONFIRMADOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE*

Solemnidad de la Anunciación del Señor
Estadio Meazza - San Siro
Sábado 25 de marzo de 2017

[Multimedia]


 

PREGUNTA DE UN CHICO

Hola, soy David y soy de Cornaredo. Quería hacerte una pregunta: A ti, cuando tenías nuestra edad ¿Qué te ayudó a crecer en la amistad con Jesús?

Papa Francisco:

¡Buenas tardes!

David ha hecho una pregunta muy sencilla, que es fácil para mí responder porque solamente necesito acordarme de los tiempos en que tenía vuestra edad. Y la pregunta es: “Cuando tenías nuestra edad, ¿qué te ayudó a crecer en la amistad con Jesús?”. Hay tres cosas, pero con un hilo que las une. La primera cosa que me ayudó fueron mis abuelos. “Pero cómo, Padre: ¿Los abuelos pueden ayudar a hacer crecer la amistad con Jesús?”. ¿Qué opináis? ¿Pueden o no?

Chicos y chicas:

Sí!

Papa Francisco:

Pero los abuelos son viejos.

Chicos y chicas:

¡No!

Papa Francisco:

¿No? ¿No son viejos?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Son viejos... Los abuelos son de otra época: los abuelos no saben cómo usar los ordenadores, no tienen celulares... Vuelvo a preguntar: ¿Los abuelos, te pueden ayudar a crecer en la amistad con Jesús?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Y esta ha sido mi experiencia: Los abuelos me han hablado con normalidad de las cosas de la vida. Un abuelo era carpintero, y me enseñó cómo con el trabajo Jesús aprendió el mismo oficio, y así, cuando miraba a mi abuelo, pensaba en Jesús. El otro abuelo me decía que uno nunca se va a la cama sin decir una palabra a Jesús, decirle “buenas noches”. Mi abuela me enseñó a rezar, y también mi madre; la otra abuela lo mismo... Lo importante es esto: los abuelos tienen la sabiduría de la vida. ¿Qué tienen los abuelos?

Chicos y chicas:

La sabiduría de la vida.

Papa Francisco:

Tienen la sabiduría de la vida. Y con su sabiduría nos enseñan cómo acercarnos a Jesús. Conmigo lo hicieron. En primer lugar, los abuelos. Un consejo: Hablad con los abuelos. Hablad, haced todas las preguntas que queráis. Escuchad a los abuelos. Es importante, en este tiempo, hablar con los abuelos. ¿Lo habéis entendido?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Y vosotros, los que tenéis abuelos, haced un esfuerzo para hablar, hacedles preguntas, escuchadlos. ¿Haréis ese esfuerzo? ¿Cumpliréis esta tarea?

Chicos y chicas:

Sí...

Papa Francisco:

No estáis muy convencidos. ¿Lo haréis?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Los abuelos. Después me ayudó mucho jugar con los amigos, porque jugar bien, jugar y sentir la alegría del juego con los amigos, sin insultarse, y pensar que así jugaba Jesús... Pero, os pregunto, ¿Jesús jugaba? ¿O no?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

¡Pero era Dios! Dios no, no puede jugar... ¿Jesús jugaba?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Estad seguros. Sí, Jesús jugaba, y jugaba con los demás. Es bueno para nosotros jugar con los amigos, porque cuando el juego es limpio, se aprende a respetar a los demás, se aprende a hacer equipo, como equipo, a trabajar juntos. Y esto nos une a Jesús. Jugar con los amigos. Pero —hay algo que creo que ha dicho alguno de vosotros—, ¿enfadarse con los amigos, ayuda a conocer a Jesús?

Chicos y chicas:

¡No!

Papa Francisco:

¿Cómo?

Chicos y chicas:

¡No!

Papa Francisco:

Bien. Y si nos enfadamos, porque es normal enfadarse, luego se pide disculpas y se acaba la historia. ¿Está claro?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

A mí me ayudó mucho jugar con los amigos. Y una tercera cosa que me ayudó a crecer en la amistad con Jesús fue la parroquia, el oratorio, ir a la parroquia, ir al oratorio y reunirme con los demás: ¡esto es importante! A vosotros, ¿os gusta ir a la parroquia?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Os gusta ... —pero decid la verdad— ¿os gusta ir a misa?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

[Ríe] No estoy seguro ... ¿Os gusta ir al oratorio?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

Ah, esto sí, os gusta. Y estas tres cosas —en serio, es un consejo que os doy—, estas tres cosas os harán crecer en la amistad con Jesús: hablar con los abuelos, jugar con los amigos e ir a la parroquia y al oratorio. Porque con estas tres cosas, rezaréis más, [aplausos] y la oración es ese hilo que une las tres cosas. Gracias. [Aplausos]

PREGUNTA DE UN PADRE Y UNA MADRE:

Buenas tardes. Somos Mónica y Alberto, y somos padres de tres hijos, de los cuales la última recibirá en octubre la Santa Confirmación. La pregunta que queríamos hacerle es: ¿Cómo transmitir a nuestros hijos la belleza de la fe? A veces nos parece tan complicado hablar de este tema sin ser aburridos y banales o peor todavía, autoritarios. ¿Qué palabras usar?

Papa Francisco:

Gracias. Yo tenía antes estas preguntas... Sí, porque me las habéis mandado, y para ser claro en la respuesta, tomé algunas notas, escribí algo, y ahora me gustaría responder a Mónica y Alberto.

a. Creo que esta es una de las cuestiones clave que toca nuestras vidas como padres: la transmisión de la fe, y también toca nuestras vidas como pastores y como educadores. La transmisión de la fe. Y me gustaría haceros esta pregunta. Y os invito a recordar cuáles fueron las personas que dejaron una huella en vuestra fe y qué es lo que os ha quedado más grabado de ellas. Lo que los niños me han preguntado a mí, os lo pregunto yo a vosotros. ¿Cuáles son las personas, las situaciones, las cosas que os han ayudado a crecer en la fe, la transmisión de la fe. Os invito a vosotros padres, a volver a ser con la imaginación, por unos minutos, otra vez niños y a recordar a las personas que os ayudaron a creer. “¿Quién me ayudó a creer?”. El padre, la madre, los abuelos, una catequista, una tía, el párroco, un vecino, quien sabe... Todos llevamos en nuestra memoria, pero sobre todo en el corazón una persona que nos ayudó a creer. Ahora os pongo un reto. Un momento de silencio ... y que cada uno piense: ¿Quién me ha ayudado a creer? Y yo contesto por mi parte, y para responder a la verdad tengo que volver con la memoria a Lombardía ... [ gran aplauso]. A mí me ayudó a creer, a crecer tanto en la fe, un cura de Lodi, de la diócesis de Lodi; un buen sacerdote que me bautizó y luego durante toda mi vida, iba a verle; a veces con frecuencia, otras veces menos...; y él me acompañó hasta entrar en el noviciado [de los jesuitas]. Y esto os lo debo a vosotros, los lombardos, ¡gracias! [Aplausos] Y nunca me olvido de aquel cura, nunca, nunca. Fue un apóstol del confesionario, apóstol del confesionario. Misericordioso, bueno, trabajador. Y así me ayudó a crecer.

¿Cada uno ha pensado en la persona? Yo he dicho quien me ayudó.

Y os preguntaréis el porqué de este pequeño ejercicio. Nuestros hijos nos están mirando todo el tiempo; aunque no nos demos cuenta, nos observan todo el tiempo y, mientras tanto aprenden. [Aplausos] Los niños nos miran, es el título de una película de Vittorio De Sica de 1943. Buscadla. Buscadla, Los niños nos miran. Y, entre paréntesis, me gustaría decir que aquellas película de la posguerra italiana y un poco más adelante, han sido —en general— una verdadera “catequesis” de humanidad. Cierro el paréntesis. Los niños nos miran, y no os podéis imaginar la angustia que siento un niño cuando los padres discuten. ¡Sufren! [Aplausos] Y cuando los padres se separan, las cuentas las pagan ellos. [Aplausos] Cuando se trae un niño al mundo, hay que ser conscientes de esto: asumimos la responsabilidad de crecer en la fe a este niño. Os ayudará tanto leer la exhortación Amoris Laetitia, especialmente los primeros capítulos, sobre el amor, el matrimonio, el cuarto capítulo, que es realmente una clave. Pero no os olvidéis: cuando os enfadáis, los niños sufren y no crecen en la fe. [Aplausos] Los niños conocen nuestras alegrías, nuestras penas y preocupaciones. Se las arreglan para captar todo, se dan cuenta de todo y, dado que son muy, muy, intuitivos, sacan sus conclusiones y sus enseñanzas. Saben cuando hacemos trampas y cuando no. Lo saben. Son muy listos. Por lo tanto, una de las primeras cosas que diría es: cuidad de ellos, cuidad de su corazón, de su alegría y de su esperanza.

Los “ojitos” de vuestros hijos poco a poco almacenan y leen con el corazón como la fe es uno de los mejores legados que habéis recibido de vuestros padres, de vuestros antepasados. Se dan cuenta. Y si vosotros dais la fe, y la vivís bien, se la transmitís.

Enseñadles cómo la fe nos ayuda a seguir adelante, a afrontar tantos dramas que tenemos, no con una actitud pesimista, sino confiada, este es el mejor testimonio que podemos darles. Hay un dicho: “Las palabras se las lleva el viento”, pero lo que se siembra en la memoria, en el corazón, permanece para siempre.

b. Otra cosa. En diferentes lugares, muchas familias tienen una tradición muy bonita: van a misa juntos y luego a un parque, llevan a sus hijos a jugar juntos. Así, la fe se convierte en una necesidad de la familia con otras familias, con los amigos, familias amigas. Esto es bueno y ayuda a vivir el mandamiento de santificar las fiestas. No sólo ir a la iglesia para rezar o para dormir durante la homilía —¡puede pasar!—, no sólo, pero luego ir a jugar juntos. Ahora que empieza el buen tiempo, por ejemplo, el domingo después de ir a misa toda la familia, es bueno si podéis ir a un parque o a una plaza, a jugar, a pasar un rato juntos. En mi tierra esto se llama “dominguear” que significa “pasar el domingo juntos”. Pero nuestra época es una época algo difícil para hacer esto porque muchos padres, para dar de comer a su familia, tiene que trabajar incluso en días festivos. Y eso es malo. Cuando los padres me dicen que pierden la paciencia con sus hijos siempre les pregunto: ¿Cuántos son? — Tres, cuatro, me dicen. Y después les hago una segunda pregunta: ¿Tu, juegas con tus hijos?... ¿Juegas?, y no saben qué decir. Los padres en esta época no pueden, o han perdido la costumbre de jugar con sus hijos, de “perder el tiempo” con sus hijos. Un papá una vez me dijo: “Padre, cuando me voy a trabajar todavía están en la cama, y ​​cuando vuelvo tarde por la noche ya están en la cama. Los veo sólo en días de fiesta”. Está muy mal. Esta vida nos quita la humanidad. Pero recordad esto: jugar con los niños, “perder el tiempo” con los hijos también es transmitir la fe. Es la gratuidad, la gratuidad de Dios.

c. Y una última cosa: la educación familiar a la solidaridad. Esto es transmitir la fe con la educación a la solidaridad, a las obras de misericordia. Las obras de misericordia hacen que crezca la fe en el corazón. Esto es muy importante. Me gusta poner el acento en la fiesta, en la gratuidad, en buscar otras familias y vivir la fe como un espacio de disfrute de la familia. Creo que también hay que añadir otro elemento. No hay fiesta sin solidaridad —como no hay solidaridad sin fiesta— porque cuando uno es solidario, es alegre y transmite alegría.

No quiero aburriros. Os contaré algo que viví en Buenos Aires. Una madre, estaba almorzando con sus tres hijos, seis, cuatro y medio y tres años; después tuvo otros dos. Su marido estaba en el trabajo. Estaban comiendo “cotolette alla milanese”, (filetes empanados). Sí, lo se porque me lo contó ella y cada uno de los niños tenía una en el plato. Llaman a la puerta. El mayor va a abrir, vuelve y dice: “Mamá, es un pobre hombre, pide algo”. Y la madre, sabia, les pregunta: “¿Qué hacemos? ¿Le damos o no le damos?”—“Sí, mamá, le damos, le damos”. Había otros filetes, allí. La madre dijo: “Ah, muy bien: hacemos dos bocadillos, cada uno corta su filete a mitad y hacemos dos bocadillos” — “Mamá, pero hay otras” — “No, son para la cena.” Y la mamá les enseñó la solidaridad, ¡la que cuesta, no la que sobra! Por ejemplo, esto sería suficiente, pero os hará reír saber cómo terminó la historia. A la semana siguiente, la madre tuvo que ir a hacer la compra, por la tarde, alrededor de las cuatro, y dejó a los tres niños solos, eran buenos, durante una hora. Se fue. Cuando la madre regresó, no eran tres, ¡eran cuatro! Había tres niños y un pobre [risas] que había pedido limosna, al que hicieron entrar y estaban bebiendo juntos café con leche... Este es un final para reír un poco... educar en la solidaridad, es decir, a las obras de misericordia . Gracias.

Pregunta de una catequista

Buenas tardes, soy Valeria, madre y catequista de una parroquia en Milán, en Rogoredo. Usted nos ha enseñado que para educar a un joven hace falta una aldea: también nuestro arzobispo nos ha empujado a lo largo de estos años a colaborar, para que haya colaboración entre las figuras educativas. Así que queríamos pedirle un consejo, para que podamos estar abiertos a un diálogo y una confrontación con todos los educadores que tienen que ver con nuestros jóvenes...

Papa Francisco

Yo aconsejaría una educación basada en el pensar- sentir- hacer, es decir, una educación con el intelecto, el corazón y las manos, los tres lenguajes. Educar a la armonía de los tres lenguajes, para que los jóvenes, los chicos, las chicas pueden pensar lo que sienten y lo que hacen, sentir lo que piensan y hacen y hacer lo que piensan y sienten. No las tres cosas separadas, sino las tres juntas. No sólo la educación del intelecto: esto es dar nociones intelectuales, que son importantes, pero sin el corazón y sin las manos no sirven, no sirven. Debe ser armoniosa, la educación. Pero también se puede decir: educar con los contenidos, las ideas con las actitudes de vida y con los valores. También se puede decir así. Pero nunca educar solamente, por ejemplo, con las nociones, las ideas. No. También el corazón tiene que crecer en la educación; y también el “hacer”, la actitud, el modo de comportarse en la vida comportamiento en la vida.

b. En referencia al punto precedente, recuerdo que una vez en una escuela había un alumno que era un fenómeno jugando al fútbol y un desastre en la conducta en clase. Una regla que le habían dado era que si no se portaba bien dejaba de jugar al fútbol. Dado que continuó con el mal comportamiento se quedó dos meses sin jugar, y esto hizo empeorar las cosas. Tened cuidado cuando se castiga: aquel chico empeoró. Es verdad, yo conocí a ese chico. Un día, el entrenador habló con la directora y le explicó: “¡Así no funciona! ¡Déjame intentarlo”, dijo a la directora, y le pidió que el chico pudiera volver a jugar. “Vamos a intentarlo”, dijo la señora. Y el entrenador lo puso como capitán del equipo. Entonces ese niño, sintió que lo tomaban en consideración, sintió que podía dar lo mejor de sí y no sólo comenzó a comportarse mejor, sino a mejorar en todo. Esto me parece muy importante en la educación. Muy importante. Entre los estudiantes hay algunos dotados para el deporte y no tanto para las ciencias y a otros se les da mejor el arte que las matemáticas, a unos la filosofía más que los deportes. Un buen profesor, educador o entrenador sabe estimular las buena cualidades de sus estudiantes y no descuidar las otras; Y allí se da el fenómeno pedagógico llamado transfert: haciendo bien y agradablemente una cosa, el beneficio se transfiere a la otra. Buscar dónde dar más responsabilidad, donde más le gusta, e irá bien. Y está siempre bien estimularlos, pero los niños también necesitan divertirse y dormir. Educar solamente, sin el espacio de la gratuidad no está bien..

Y termino con esta cosa. Hay un fenómeno muy feo en estos tiempos en la educación que me preocupa: el bullying. Por favor, tened cuidado. [Aplausos] Y ahora os pregunto, a vosotros, que vais a recibir la confirmación. En silencio, escuchadme. En silencio. ¿En vuestra escuela, en vuestro vecindario, hay alguno, o alguna de quien os burláis porque tiene un defecto, porque es gordo, porque es delgado, por esto o por aquello? Pensadlo. Y ¿os gusta hacer que se sientan avergonzados e incluso pegarlos por eso? Pensadlo. Esto se llama bullying. Por favor ... [indicio de aplausos] ¡No, no! Todavía no he terminado. Por favor, para el sacramento de la Santa Confirmación, prometedle al Señor que nunca haréis eso y nunca dejaréis que se haga en vuestra escuela, en vuestro colegio, en vuestro vecindario. ¿Entendido?

Chicos y chicas:

¡Sí! [Aplausos]

Papa Francisco:

¿Me lo prometéis?: Nunca, nunca burlarse, reírse de un compañero de escuela, de barrio ¿Me lo prometéis, hoy?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

El Papa no está contento con la respuesta ... ¿Me lo prometéis?

Chicos y chicas:

[Muy fuerte] ¡Sí!

Papa Francisco:

Está bien. Este “sí” se lo habéis dicho al Papa. Ahora, en silencio, pensad lo feo que es y pensad si sois capaces de prometérselo a Jesús. ¿Prometéis a Jesús que no haréis nunca bullying?

Chicos y chicas:

¡Sí!

Papa Francisco:

A Jesús ...

Chicos y chicas:

[Fuerte] ¡Sí !

Papa Francisco:

Gracias. ¡Y que el Señor os bendiga!

Felicitaciones a vosotros [a los que hicieron la coreografía en el campo]: ¡Muy buenos!

Oremos juntos: “Padre nuestro ...”

[Bendición]

Papa Francisco:

Por favor, os pido que recéis por mí. Y antes de irme, una pregunta: ¿con quién debemos hablar más, en casa?

Chicos y chicas:

¡Con los abuelos!

Papa Francisco:

¡Estupendo! Y vosotros, padres, ¿Qué tenéis que hacer más con vuestros hijos?

Padres:

¡Jugar!

Papa Francisco:

Jugar. Y vosotros, educadores, ¿cómo tenéis que educar, con qué lenguaje? Con el de la cabeza, con el del corazón y con el de las manos!

¡Gracias y adiós!


* Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede

 



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