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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Sala Clementina
Viernes, 29 de septiembre de 2017

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Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra, al término de la sesión plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, reflexionar con vosotros sobre la urgencia que siente la Iglesia, en este momento histórico particular, de renovar los esfuerzos y el entusiasmo en su misión perenne de evangelización. Os saludo a todos y doy las gracias a Mons. Fisichella por sus palabras de saludo y por el esfuerzo de su dicasterio para seguir aportando a la vida de la comunidad eclesial los frutos del Jubileo de la Misericordia.

Este Año Santo ha sido un tiempo de gracia que toda la Iglesia ha vivido con gran fe e intensa espiritualidad. Por lo tanto, no podemos permitir que tanto entusiasmo se diluya u olvide. El pueblo de Dios ha sentido con fuerza el don de la misericordia y ha vivido el Jubileo redescubriendo especialmente el Sacramento de la Reconciliación, como un lugar privilegiado para experimentar la bondad, la ternura y el perdón de Dios que no conoce límites. La Iglesia, por lo tanto, tiene la gran responsabilidad de continuar sin descanso a ser un instrumento de misericordia. De esta manera se puede permitir más fácilmente que la acogida del Evangelio se perciba y se viva como un acontecimiento de salvación y que dé un sentido completo y definitivo a la vida personal y social.

El anuncio de la misericordia, que se vuelve concreto y visible en el estilo de vida de los creyentes, vivido a la luz de las muchas obras de misericordia, es parte intrínseca del compromiso de cada evangelizador que haya descubierto de primera mano la llamada al apostolado precisamente gracias a la fuerza de la misericordia que le ha sido reservada. Los que tienen la tarea de anunciar el Evangelio nunca deberían olvidar las palabras del apóstol Pablo: «Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo y un perseguidor insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad, Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús. Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo. Y si hallé misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia, y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna» (1Tm 1,12-16).

Y ahora vamos a centrarnos más en el tema de la evangelización. Es necesario descubrir cada vez más que por su propia naturaleza pertenece al Pueblo de Dios. Y al respecto, quisiera destacar dos aspectos.

El primero es la aportación que cada uno de los pueblos y sus respectivas culturas ofrecen al camino del Pueblo de Dios. Cada pueblo hacia el que nos encaminamos tiene una riqueza que la Iglesia está llamada a reconocer y valorar para completar la «unidad de todo el género humano» de la cual es «signo» y «sacramento» (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 1). Esta unidad está constituida «no según la carne, sino en el Espíritu» (ibid.), que guía nuestros pasos. La riqueza que llega a la Iglesia de la multiplicidad de buenas tradiciones que posee cada pueblo es preciosa para vivificar la acción de la gracia que abre el corazón para acoger el anuncio del Evangelio. Son auténticos dones que expresan la variedad infinita de la acción creadora del Padre, y que desembocan en la unidad de la Iglesia para aumentar la necesaria comunión con el fin de ser semilla de salvación, preludio de paz universal y lugar concreto de diálogo.

Este ser Pueblo evangelizador hace tomar conciencia (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 111) ―y es el segundo aspecto― de una llamada que trasciende cualquier disponibilidad individual de la persona para insertarse en una «compleja trama de relaciones interpersonales» (ibid., 113), que permite experimentar la profunda unidad y humanidad de la comunidad de creyentes. Y esto es particularmente cierto en un momento como el nuestro en el que se asoma con decisión una cultura nueva, fruto de la tecnología, que, mientras fascina por las conquistas que ofrece, evidencia igualmente la ausencia de una verdadera relación interpersonal y de interés por el otro. Pocas realidades como la Iglesia pueden enorgullecerse de tener un conocimiento del pueblo capaz de valorizar ese patrimonio cultural, moral y religioso que constituye la identidad de generaciones enteras. Es importante, por tanto, que sepamos penetrar en el corazón de nuestra gente, para descubrir ese sentido de Dios y de su amor que da la confianza y la esperanza de mirar hacia adelante con serenidad, a pesar de las graves dificultades y de la pobreza en que se ve obligada a vivir por la codicia de unos pocos. Si todavía somos capaces de mirar profundamente, podremos encontrar el verdadero deseo de Dios que vuelve inquieto el corazón de tantas personas caídas, a su pesar, en al abismo de la indiferencia, que impide disfrutar de la vida y construir serenamente el propio futuro. La alegría de la evangelización puede llegar a ellos y devolverles la fuerza para la conversión

Queridos hermanos y hermanas, la nueva etapa de evangelización que estamos llamados a recorrer es sin duda obra de toda la Iglesia, «pueblo que peregrina hacia Dios» (ibid.). Redescubrir este horizonte de sentido y de práctica pastoral concreta puede favorecer el impulso de evangelización, sin olvidar el valor social que le corresponde para una promoción humana genuina e integral (cf. ibid., 178).

Os deseo un buen trabajo, en particular para la preparación de la Primera Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el 19 de noviembre. Os aseguro mi cercanía y mi apoyo. El Señor os bendiga y la Virgen os proteja.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 29 de septiembre de 2017.

 



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