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[ ES  - LA ]

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL CONGRESO TRIENAL DE PROCURADORES PROVINCIALES
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
*

Sala del Consistorio
Domingo 1 de octubre de 1961

 

Queridos hijos:

En cumplimiento de vuestras Constituciones, habéis acudido a Roma desde las varias provincias de la Compañía de Jesús, esparcidas por el mundo, para dar a conocer a vuestro Prepósito General el estado de cada una de ellas.

Y ahora habéis venido a presentar vuestro homenaje al humilde sucesor del Príncipe de los Apóstoles; lo que os ha movido a ello ha sido el espíritu de fe y el ardor de caridad a los que queréis enderezar todos los actos de vuestra vida. Hoy, pues, es la primera vez que recibimos en audiencia a una representación tan conspicua de vuestro Instituto y la primera vez que podemos entretenernos con ella en paternal coloquio.

Esto es para Nos cosa muy grata, y aprovechamos la ocasión para expresaros nuestra complacencia, como un nuevo testimonio de benevolencia.

Conocemos la solicitud con que los miembros de la familia ignaciana trabajan por la gloria de Dios y la salvación de las almas, y en todas aquellas regiones, a las que nos ha conducido la adorable voluntad de Dios, hemos encontrado sus laboriosas falanges. Pero nos complace más el hecho de que la característica principal de vuestra orden radica en la fidelidad a la Cátedra de Pedro. Fue vuestro mismo fundador quien quiso añadir a los de vuestra profesión el cuarto voto a fin de que también por ese camino pudieseis alcanzar la perfección religiosa; aquel voto que os hace servir con especial obediencia a la Sede Apostólica y consagrar a ella la mente, las energías y la voluntad.

Queridos hijos: Perseverad en esta firmeza de intenciones y de actos que es para vosotros fuente de méritos singularísimos; continuad buscando con asiduo empeño el ideal de santificación que las leyes tan sabias de vuestro fundador os proponen; de este modo, procurando alegría a la Iglesia de Cristo, creceréis con ardor incansable, según las palabras de la Sagrada Escritura: "El camino de los justos se alarga y crece, como luz esplendorosa, hasta el día perfecto" (Prov., 4,18).

Brille, pues, cada vez más esta luz e ilumine a todos aquellos a los que se dirige vuestro sacerdotal celo, "a fin de que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Matth., 5,16).

Promoved, además, con vuestra habitual diligencia, las numerosas empresas de apostolado a que os dedicáis y especialmente la formación de la juventud y el incremento de la actividad misionera y de los ejercicios espirituales; así ofreceréis vuestras manos al cumplimiento de aquella gran obra que es el continuo deseo y la constante preocupación de nuestro corazón: que florezca de nuevo la genuina piedad en todas las clases sociales, que gane mueva vigor una incorrupta salud moral y se difunda la serena verdad.

Al volver a vuestras provincias, queridos hijos, asegurad a vuestros hermanos en religión que el Papa sigue sus actividades con intensa plegaria y con caridad paternal. Como Vicario de Jesucristo no podemos menos que consolarnos al contemplar un tan gran número de religiosos que buscan la gloria de Jesús y llevan sobre la frente y en las obras el nombre de Jesús "que está sobre todo nombre (Phil., 2,9), del que reciben inspiración e impulso de religiosa virtud: "El nombre que te será impuesto por Dios para siempre es: Paz de justicia y gloria de piedad" (Bar., 5,4).

Estos son nuestros augurios y nuestras exhortaciones llenas de afecto a fin de que, con pasión cada vez más ardiente, llevéis a término las tareas que os están confiadas en la amplia viña del Señor. "Por lo demás, hermanos, sed alegres, sed perfectos, consolaos, permaneced concordes, estad en paz, y el Dios de la paz y de la caridad estará con vosotros" (Cor., 13,11).

Y sea prenda de esta paz sobrenatural y de la eterna alegría nuestra bendición apostólica que hacemos extensiva al Prepósito General, a vosotros, a vuestros colaboradores y a todos los religiosos de la Compañía de Jesús.

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 445-447.

 

 



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