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BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Bressanone
Domingo 10 de agosto de 2008

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de san Marcos hay un pasaje en el que se narra que, después de días de estrés, el Señor dijo a los discípulos: "Venid conmigo a un lugar solitario y descansad un poco" (cf. Mc 6, 31). Y como la palabra de Cristo no está nunca vinculada solamente al momento en que la pronuncia, he aplicado también a mí esta invitación a los discípulos y he venido a este lugar hermoso y tranquilo para descansar un poco. Debo dar las gracias a mons. Egger y a todos sus colaboradores, a toda la ciudad de Bressanone y a la región, porque me han preparado este lugar tranquilo en el que durante estas dos semanas he podido relajarme, pensar en Dios y pensar en los hombres, y así recuperar nuevas fuerzas. ¡Que Dios os lo pague!

Tendría que dar las gracias a muchas personas individuales, pero haré algo más sencillo: os encomiendo a todos a la bendición de Dios. Él os conoce por nombre a cada uno de vosotros y su bendición alcanzará a cada uno personalmente. Esto pido de corazón, y que este sea mi agradecimiento para todos vosotros.

El Evangelio de este domingo nos lleva, de este lugar de reposo, a la vida cotidiana. Narra cómo, después de la multiplicación de los panes, el Señor va a la montaña para permanecer solo con el Padre. Entretanto, los discípulos están en el lago y con su mísera barquita se esfuerzan en vano por dominar el viento contrario. Este episodio tal vez se le presenta al evangelista como una imagen de la Iglesia de su tiempo: cómo esta barquita, que era la Iglesia de entonces, se hallaba en el viento contrario de la historia y cómo parecía que el Señor la había olvidado. También nosotros podemos ver allí una imagen de la Iglesia de nuestro tiempo, que en muchas partes de la tierra fatiga por avanzar a pesar del viento contrario y parece que el Señor está muy lejos. Pero el Evangelio nos da respuesta, consolación y ánimo y al mismo tiempo nos indica un camino. En efecto nos dice: sí, es verdad, el Señor está junto al Padre, pero precisamente por eso no está lejos, sino que ve a cada uno, porque quien está con Dios no se marcha, sino que está junto al prójimo. Y, en realidad, el Señor los ve y en el momento oportuno va hacia ellos. Y cuando Pedro, yendo a su encuentro corre el riesgo de ahogarse, él lo toma de la mano y lo pone a salvo, en la barca. El Señor también a nosotros nos toma continuamente de la mano: lo hace mediante la belleza de un domingo, mediante la liturgia solemne, en la oración con la que nos dirigimos a él, en el encuentro con la palabra de Dios, en múltiples situaciones de la vida diaria. Él nos toma de la mano. Y sólo si nosotros agarramos la mano del Señor, si nos dejamos guiar por él, nuestro camino será justo y bueno.

Por esto queremos rezarle, para que logremos encontrar siempre nuevamente su mano. Y al mismo tiempo esto implica una exhortación: que en su nombre, tendamos nuestra mano a los demás, a los que tienen necesidad, para guiarlos a través de las aguas de nuestra historia.

En estos días, queridos amigos, he vuelto a pensar también en la experiencia que viví en Sydney, donde encontré los rostros alegres de tantos muchachos y muchachas de todas las partes del mundo. Y así ha madurado en mí una reflexión sobre este acontecimiento que quisiera compartir con vosotros. En la gran metrópoli de la joven nación australiana aquellos jóvenes fueron un signo de alegría auténtica, a veces rumorosa pero siempre pacífica y positiva. A pesar de que fueron tantos, no causaron desórdenes ni ningún daño. Para estar alegres no necesitaron recurrir a modos descomedidos y violentos, al alcohol y a sustancias estupefacientes. Reinaba en ellos la alegría de encontrase y descubrir juntos un mundo nuevo. ¿Cómo no hacer una comparación con sus coetáneos que, en busca de falsas evasiones, consuman experiencias degradantes que desembocan no raramente en tragedias desconcertantes? Este es un producto típico de la llamada actualmente "sociedad del bienestar" que, para colmar un vacío interior y el aburrimiento que lo acompaña, induce a probar experiencias nuevas, más emocionantes, más "extremas". Incluso las vacaciones corren así el riesgo de disiparse siguiendo en vano espejismos de placer. Pero de este modo el espíritu no reposa, el corazón no experimenta alegría y no halla paz, al contrario, termina por estar todavía más cansado y triste que antes. Me he referido a los jóvenes, porque son los más sedientos de vida y experiencias nuevas, y por ello también los que corren mayor riesgo. Pero la reflexión vale para todos nosotros: la persona humana se regenera verdaderamente sólo en la relación con Dios, y a Dios se le encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio (cf. 1 R 19, 12).

Recemos para que en una sociedad en la que se corre cada vez más, las vacaciones sean días de verdadera distensión durante los cuales se sepa sacar momentos para el recogimiento y la oración, indispensables para encontrarse profundamente a sí mismos y a los demás. Lo pedimos por intercesión de María santísima, Virgen del silencio y de la escucha.


Después del Ángelus

Llamamiento de Benedicto XVI en favor de la paz en Georgia

Son motivo de profunda angustia las noticias, cada vez más dramáticas, de los trágicos acontecimientos que se están verificando en Georgia y que, partiendo de la región de Osetia del Sur, ya han causado muchas víctimas inocentes y obligado a un gran número de civiles a dejar sus casas.

Es mi profundo deseo que cesen inmediatamente las acciones militares y que se abstengan, incluso en nombre de la herencia común cristiana, de ulteriores confrontaciones y retorsiones violentas, que pueden degenerar en un conflicto de proporciones aún más amplias; reanúdese en cambio, decididamente el camino del negociado y del diálogo respetuoso y constructivo, evitando así ulteriores lacerantes sufrimientos a aquellas queridas poblaciones.

Invito asimismo a la comunidad internacional y a los países más influyentes en la situación actual a poner por obra todo esfuerzo para sostener y promover iniciativas encaminadas a lograr una solución pacífica y duradera, en favor de una convivencia abierta y respetuosa.
Junto con nuestros hermanos ortodoxos, oramos intensamente por estas intenciones, que encomendamos confiados a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Jesús y de todos los cristianos.

(Saludos en alemán, ladino e italiano)

Queridos amigos, creo que todos estamos agradecidos y felices de poder transcurrir juntos un domingo tan hermoso, y esto me hace pensar en el domingo en general. Vuestro obispo me dijo que en el programa diocesano de este año está la santificación del domingo. Y verdaderamente ¡qué importante es el domingo! No sólo como un momento de reposo, del que tenemos necesidad, como dije antes. Pero la distensión por sí sola no basta y el domingo permanece vacío, más aún, volvemos quizás más estresados y más vacíos que antes, si ese domingo no tiene en su centro el encuentro con Cristo resucitado. Creo que el domingo pasado y hoy todos nosotros hemos podido experimentar qué hermoso es poder encontrar al Señor en la Eucaristía, encontrándonos así también entre nosotros. He aquí por qué os invito de corazón a todos a recoger este programa diocesano también a nivel personal y en vuestras parroquias y a empeñaros juntos a fin de que el domingo sea domingo, día de gozoso descanso y día de encuentro festivo con el buen Dios. Os deseo a todos vosotros un domingo bendito y una feliz semana.

Queridos fieles de los valles ladinos, san José Freinademetz llevó el Evangelio a pueblos lejanos. Del mismo modo también vosotros debéis ser testigos y embajadores de la fe en vuestras familias, en vuestros pueblos, en la sociedad. Dad testimonio de fe a los turistas que vienen a vuestros valles.

Y finalmente saludo de corazón a los peregrinos italianos, en particular a los representantes de las diversas comunidades parroquiales de la diócesis de Bolzano-Bressanone, así como a los jóvenes y a las familias procedentes de otras diócesis italianas. Como ha dicho ya mons. Egger, hace 250 años fue consagrada esta catedral de Bressanone. Que venga sobre vosotros abundante gracia del encuentro con nuestro Señor en esta iglesia. Agradezco a todos vosotros vuestra presencia y vuestro afecto. Saludo asimismo a los periodistas y a los agentes de los medios de comunicación, que me han seguido durante mi permanencia aquí. Os doy las gracias, queridos amigos, por vuestro trabajo y vuestra discreción y os aseguro mis oraciones por vuestras intenciones familiares y profesionales. ¡Gracias!



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