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SANTA MISSA PARA A AMÉRICA LATINA
 POR OCASIÃO DAS CELEBRAÇÕES DO BICENTENÁRIO
 DA INDEPENDÊNCIA DOS PAÍSES LATINO-AMERICANOS E DO CARIBE

HOMILIA DO PAPA BENTO XVI

Solenidade de Nossa Senhora de Guadalupe
Basílica Vaticana, 12 de Dezembro de 2011

  [Vídeo]
Galeria fotográfica

 

Queridos hermanos y hermanas:

«La tierra ha dado su fruto» (Sal 66,7). En esta imagen del salmo que hemos escuchado, en el que se invita a todos los pueblos y naciones a alabar con júbilo al Señor que nos salva, los Padres de la Iglesia han sabido reconocer a la Virgen María y a Cristo, su Hijo: «La tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán […]. La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor [...]; luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra» (S. Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL 26,1010-1011). También nosotros hoy, exultando por el fruto de esta tierra, decimos: «Que te alaben, Señor, todos los pueblos» (Sal 66,4. 6). Proclamamos el don de la redención alcanzada por Cristo, y en Cristo, reconocemos su poder y majestad divina.

Animado por estos sentimientos, saludo con afecto fraterno a los señores cardenales y obispos que nos acompañan, a las diversas representaciones diplomáticas, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a los grupos de fieles congregados en esta Basílica de San Pedro para celebrar con gozo la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Estrella de la Evangelización de América. Tengo igualmente presentes a todos los que se unen espiritualmente y oran a Dios con nosotros por los diversos países latinoamericanos y del Caribe, muchos de los cuales durante este tiempo festejan el Bicentenario de su independencia, y que, más allá de los aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renuevan al Altísimo la gratitud por el gran don de la fe recibida, una fe que anuncia el Misterio redentor de la muerte y resurrección de Jesucristo, para que todos los pueblos de la tierra en Él tengan vida. El Sucesor de Pedro no podía dejar pasar esta efeméride sin hacer presente la alegría de la Iglesia por los copiosos dones que Dios en su infinita bondad ha derramado durante estos años en esas amadísimas naciones, que tan entrañablemente invocan a María Santísima.

La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa en la tilma del indio san Juan Diego, se presenta como «la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive» (De la lectura del Oficio. Nicán Mopohua, 12ª ed., México, D.F., 1971, 3-19). Ella evoca a la «mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza, que está encinta» (Ap 12,1-2) y señala la presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. Ella nos conduce siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza.

[Amados irmãos e irmãs!

«A terra deu o seu fruto» (Sl 66, 7). Nesta imagem do salmo que ouvimos, o qual convida todos os povos e nações a louvar com júbilo o Senhor que nos salva, os Padres da Igreja souberam reconhecer a Virgem Maria e Cristo, seu Filho: «A terra é Santa Maria, a qual vive da nossa terra, da nossa linhagem, deste barro, desta argila, de Adão [...]. A terra deu o seu fruto: primeiro produziu uma flor [...]; em seguida essa flor transformou-se em fruto, para que o pudéssemos comer, para que comêssemos a sua carne. Quereis saber qual é esse fruto? É o Virgem que provém da Virgem; o Senhor, da escrava; Deus, do homem; o Filho, da Mãe; o fruto, da terra» (São Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL 26, 1010-1011). Também nós hoje, exultando pelo fruto desta terra, dizemos: «Louvem-vos, ó Senhor, os povos, todos os povos» (Sl 66, 4.6). Proclamamos o dom da redenção alcançada por Cristo, e em Cristo, reconhecemos o seu poder e a sua majestade divina.

Animados por estes sentimentos, saúdo com afecto fraterno os senhores cardeais e bispos que nos acompanham, as diversas representações diplomáticas, os sacerdotes, religiosos e religiosas, assim como os grupos de fiéis congregados nesta Basílica de São Pedro para celebrar com alegria a solenidade de Nossa Senhora de Guadalupe, Mãe e Estrela da Evangelização da América. Tenho também presentes todos os que se unem espiritualmente e rezam a Deus connosco pelos diversos países latino-americanos e do Caribe, muitos dos quais durante este tempo festejam o Bicentenário da sua independência, e que, para além dos aspectos históricos, sociais e políticos dos acontecimentos, renovam ao Altíssimo a gratidão pelo grande dom da fé recebida, uma fé que anuncia o Mistério redentor da morte e ressurreição de Jesus Cristo, para que n’Ele todos os povos da terra tenham vida. O Sucessor de Pedro não podia deixar passar esta efeméride sem fazer presente a alegria da Igreja pelos abundantes dons que Deus na sua bondade infinita derramou durante estes anos sobre essas amadíssimas nações, que tão profundamente invocam Maria Santíssima.

A venerada imagem da Moreninha de Tepeyac, de rosto doce e sereno, gravada no manto do índio são João Diego, apresenta-se como «a sempre Virgem Maria, Mãe do verdadeiro Deus pelo qual se vive» Da leitura do Ofício, Nicán Mopohua, 12ª ed., México, d.f., 1971, 3-19). Ela evoca a «mulher revestida de sol, tendo a lua debaixo dos seus pés e uma coroa de doze estrelas sobre a cabeça. Estava grávida» (Ap 12, 1-2) e assinala a presença do Salvador à sua população indígena e mestiça. Ela conduz-nos sempre ao seu Filho divino, o qual se revela como fundamento da dignidade de todos os seres humanos, como um amor mais forte do que os poderes do mal e da morte, sendo também fonte de alegria, confiança filial, conforto e esperança].

O Magnificat, que proclamamos no Evangelho, é «o cântico da Mãe de Deus e o da Igreja, cântico da Filha de Sião e do novo Povo de Deus, cântico de ação de graças pela plenitude de graças distribuídas na Economia da salvação, cântico dos “pobres”, cuja esperança é satisfeita pela realização das promessas feitas a nossos pais» (Catecismo da Igreja Católica, 2619). Em um gesto de reconhecimento ao seu Senhor e de humildade da sua serva, a Virgem Maria eleva a Deus o louvor por tudo o que Ele fez em favor do seu povo Israel. Deus é Aquele que merece toda a honra e glória, o Poderoso que fez maravilhas por sua fiel servidora e que hoje continua mostrando o seu amor por todos os homens, particularmente aqueles que enfrentam duras provas.

«Mira que tu Rey viene hacia ti; Él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno» (Zc 9,9), hemos escuchado en la primera lectura. Desde la encarnación del Verbo, el Misterio divino se revela en el acontecimiento de Jesucristo, que es contemporáneo a toda persona humana en cualquier tiempo y lugar por medio de la Iglesia, de la que María es Madre y modelo. Por eso, nosotros podemos hoy continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos y del mundo entero, manifestando su presencia en el Hijo y la efusión de su Espíritu como novedad de vida personal y comunitaria. Dios ha ocultado estas cosas a «sabios y entendidos», dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón (cf. Mt 11,25).

Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo, que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» (Exhort. Ap. postsinodal Ecclesia in America, 10). Asimismo, Ella «continúa alcanzándonos por su constante intercesión los dones de la eterna salvación. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen gentium, 62).

Actualmente, mientras se conmemora en diversos lugares de América Latina el Bicentenario de su independencia, el camino de la integración en ese querido continente avanza, a la vez que se advierte su nuevo protagonismo emergente en el concierto mundial. En estas circunstancias, es importante que sus diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo histórico-cultural, siendo siempre defensores de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y promotores de la paz; han de tutelar igualmente la familia en su genuina naturaleza y misión, intensificando al mismo tiempo una vasta y capilar tarea educativa que prepare rectamente a las personas y las haga conscientes de sus capacidades, de modo que afronten digna y responsablemente su destino. Están llamados asimismo a fomentar cada vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad y el cuidado del medio ambiente, vigorizando a la vez los esfuerzos para superar la miseria, el analfabetismo y la corrupción y erradicar toda injusticia, violencia, criminalidad, inseguridad ciudadana, narcotráfico y extorsión.

Cuando la Iglesia se preparaba para recordar el quinto centenario de la plantatio de la Cruz de Cristo en la buena tierra del continente americano, el beato Juan Pablo II formuló en su suelo, por primera vez, el programa de una evangelización nueva, nueva «en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (cf. Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 marzo 1983, III: AAS 75, 1983, 778). Desde mi responsabilidad de confirmar en la fe, también yo deseo animar el afán apostólico que actualmente impulsa y pretende la «misión continental» promovida en Aparecida, para que «la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, 13). Así se multiplicarán los auténticos discípulos y misioneros del Señor y se renovará la vocación de Latinoamérica y el Caribe a la esperanza. Que la luz de Dios brille, pues, cada vez más en la faz de cada uno de los hijos de esa amada tierra y que su gracia redentora oriente sus decisiones, para que continúen avanzando sin desfallecer en la construcción de una sociedad cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la justicia. Con estos vivos deseos, y sostenido por el auxilio de la providencia divina, tengo la intención de emprender un Viaje apostólico antes de la santa Pascua a México y Cuba, para proclamar allí la Palabra de Cristo y se afiance la convicción de que éste es un tiempo precioso para evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente.

Encomiendo todos estos propósitos a la amorosa mediación de Santa María de Guadalupe, nuestra Madre del cielo, así como los actuales destinos de las naciones latinoamericanas y caribeñas y el camino que están recorriendo hacia un mañana mejor. Invoco igualmente sobre ellas la intercesión de tantos santos y beatos que el Espíritu ha suscitado a lo largo y ancho de la historia de ese continente, ofreciendo modelos heroicos de virtudes cristianas en la diversidad de estados de vida y de ambientes sociales, para que su ejemplo favorezca cada vez más una nueva evangelización bajo la mirada de Cristo, Salvador del hombre y fuerza de su vida.

Amén.

[«Eis que o teu rei vem a ti; ele é justo e vitorioso, humilde, montado num jumento» (Zc 9, 9), ouvimos na primeira leitura. Desde a encarnação do Verbo, o Mistério divino revela-se no acontecimento de Jesus Cristo, que é contemporâneo de todas as pessoas humanas em qualquer tempo e lugar por meio da Igreja, da qual Maria é Mãe e modelo. Por isso, nós podemos continuar hoje a louvar a Deus pelas maravilhas que realizou na vida dos povos latino-americanos e do mundo inteiro, manifestando a sua presença no Filho e a efusão do seu Espírito como novidade de vida pessoal e comunitária. Deus escondeu estas coisas «aos sábios e doutos» e revelou-as aos pequeninos, aos humildes, aos simples de coração (cf. Mt 11, 25).

Pelo seu «sim» à chamada de Deus, a Virgem Maria manifesta entre os homens o amor divino. Neste sentido, Ela, com simplicidade e com um coração de mãe, continua a indicar a única Luz e a única Verdade: o seu Filho Jesus Cristo, que «é a resposta definitiva à pergunta sobre o sentido da vida e às questões fundamentais que assediam também hoje tantos homens e mulheres do continente americano» (Exort. apost. pós-sinodal Ecclesia in America, 10). De igual modo, ela «continua a obter-nos os dons da salvação eterna. Com o seu amor de Mãe, cuida dos irmãos de seu Filho, que ainda peregrinam e se debatem entre perigos e angústias, até que sejam conduzidos à Pátria feliz» (Lumen gentium, 62).

Actualmente, enquanto se comemora em diversos lugares da América Latina o Bicentenário da sua independência, o caminho da integração nesse querido continente progride, enquanto se sente o seu novo protagonismo emergente no concerto mundial. Nestas circunstâncias, é importante que os seus diversos povos salvaguardem o seu rico tesouro de fé e o seu dinamismo histórico-cultural, sendo sempre defensores da vida humana desde a sua concepção até ao seu ocaso natural e promotores da paz; devem tutelar igualmente a família na sua natureza e missão genuínas, intensificando ao mesmo tempo uma vasta e minuciosa tarefa educativa que prepare rectamente as pessoas e as torne conscientes das suas capacidades, de modo que enfrentem digna e responsavelmente o seu destino. De igual modo estão chamados a incrementar cada vez mais iniciativas concretas e programas efectivos que propiciem a reconciliação e a fraternidade, incrementem a solidariedade e o cuidado do meio ambiente, fortalecendo ao mesmo tempo os esforços para superar a miséria, o analfabetismo e a corrupção e erradicar qualquer injustiça, violência, criminalidade, insegurança urbana, narcotráfico e extorsão.

Quando a Igreja se preparava para comemorar o quinto centenário da plantatio da Cruz de Cristo na boa terra do continente americano, o beato João Paulo II formulou no seu solo, pela primeira vez, o programa de uma nova evangelização, nova «no seu ardor, nos seus métodos, na sua expressão» (cf. Discurso à Assembleia do CELAM, 9 de Março de 1983, III: AAS 75, 1983, 778). Na minha responsabilidade de confirmar na fé, também eu desejo animar o afã apostólico que actualmente estimula e pretende a «missão continental» promovida em Aparecida, para que «a fé cristã se arraigue mais profundamente no coração das pessoas e dos povos latino-americanos como acontecimento fundante e encontro vivificador com Cristo» (V Conferência Geral do Episcopado Latino-Americano e do Caribe, Documento final, 13). Assim se multiplicarão os discípulos e missionários do Senhor e se renovará a vocação da América Latina e do Caribe para a esperança. Que a luz de Deus brilhe, portanto, cada vez mais na face de cada um dos filhos dessa amada terra e que a sua graça redentora oriente as suas decisões, para que continuem a progredir sem desanimar na construção de uma sociedade cimentada no progresso do bem, no triunfo do amor e na difusão da justiça. Com estes profundos desejos, e amparado pelo auxílio da Providência divina, tenho a intenção de empreender uma Viagem apostólica antes da santa Páscoa ao México e a Cuba, para ali proclamar a Palavra de Cristo e para garantir a convicção de que este é um tempo precioso para evangelizar com fé firme, esperança viva e caridade fervorosa.

Recomendo todos estes propósitos à amorosa mediação de Santa Maria de Guadalupe, nossa Mãe do céu, assim como o actual destino das nações latino-americanas e caribenhas e o caminho que estão a percorrer rumo a um amanhecer melhor. Invoco igualmente sobre elas a intercessão de tantos santos e beatos que o Espírito suscitou ao longo da história desse continente, oferecendo modelos heróicos de virtudes na diversidade de estados de vida e de ambientes sociais, para que o seu exemplo favoreça cada vez mais uma nova evangelização sob o olhar de Cristo, Salvador do homem e força da sua vida. Amém!]

 

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