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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CAPÍTULO GENERAL
DE LOS MISIONEROS DE ÁFRICA (PADRES BLANCOS)

Sala Clementina
Lunes, 13 de junio de 2022

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Doy las gracias al Superior General por las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro.

Lamentablemente, con gran pesar, he tenido que posponer el viaje al Congo y Sudán del Sur. ¡De hecho, a mi edad no es tan fácil salir en misión! Pero vuestras oraciones y vuestro ejemplo me dan valor, y confío en poder visitar a estos pueblos, que llevo en el corazón. El próximo domingo, trataré de celebrar la misa con la comunidad congoleña romana. No el próximo, el 3 de julio, el día en el que debería haber celebrado en Kinshasa. Traeremos Kinshasa a San Pedro y celebraremos con todos los congoleños romanos, ¡que son muchos!

Recuerdo la celebración de vuestro 150º aniversario, que vivimos hace tres años juntos con vuestras hermanas Misioneras. Por favor, ¡llevadle mi saludo también a ellas!

Para este Capítulo General habéis elegido trabajar sobre la misión como testimonio profético. Haremos una breve reflexión al respecto. Pero primero quiero deciros que me ha gustado mucho escuchar que habéis vivido estas jornadas “con gratitud” y “con esperanza”. Esto es hermoso. Mirar al pasado con gratitud es signo de buena salud espiritual; es la actitud “deuteronómica” que Dios ha enseñado a su pueblo (cfr. Dt cap. 8). Cultivar la memoria agradecida del camino que el Señor nos ha hecho realizar. Y esta gratitud es la que alimenta la llama de la esperanza. Quien no sabe agradecer a Dios por los dones que Él ha sembrado a lo largo del camino —incluso fatigoso y a veces doloroso— no tiene tampoco un corazón esperanzado, abierto a las sorpresas de Dios y confiado en su providencia. En particular, esta actitud espiritual es decisiva para que puedan madurar las semillas de vocación que el Señor suscita con su Espíritu y su Palabra. Una comunidad en la que se sabe decir “gracias” a Dios y a los hermanos, y en la que se ayuda mutuamente a esperar en el Señor Resucitado, es una comunidad que atrae y sostiene a aquellos que son llamados. Por tanto, seguid así: con gratitud y esperanza.

Vamos ahora al tema de la misión como testimonio profético. Aquí se juega la fidelidad a vuestras raíces, al carisma que el Espíritu ha encomendado al cardenal Lavigerie. El mundo cambia, también África cambia, pero ese don conserva su carga de significado y de fuerza. Y la conserva en vosotros en la medida en que siempre es reconducido a Cristo y al Evangelio. Si la sal pierde el sabor, ¿de qué sirve? (cfr. Mt 5,13). El padre general ha recordado la exhortación que repetía el Fundador: “¡Sed apóstoles, nada más que apóstoles!”. Y el apóstol de Jesucristo no es uno que hace proselitismo. El proselitismo no tiene nada que ver con el anuncio evangélico. Si en algún momento alguno de vosotros se da cuenta de que está haciendo proselitismo, por favor que se detenga, se convierta y después siga. El anuncio es otra cosa. El apóstol no es un mánager, no es un sabio conferencista, no es un “mago” de la informática, el apóstol es testigo. Esto vale siempre y en todas partes en la Iglesia, pero vale especialmente para quien, como vosotros, está llamado a menudo a vivir la misión en contextos de primera evangelización o de prevalente religión islámica.

Testimonio quiere decir esencialmente dos cosas: oración y fraternidad. Corazón abierto a Dios y corazón abierto a los hermanos y a las hermanas. En primer lugar estar en la presencia de Dios, dejarse mirar por Él, cada día, en la adoración. De ahí sacar la linfa, en ese “permanecer en Él”, en Cristo, que es la condición para ser apóstoles (cf. Jn 15, 1-9). Es la paradoja de la misión: puedes ir solo si te quedas. Si no eres capaz de permanecer en el Señor, tú no podrás ir.

Recientemente fue propuesta a la veneración de la Iglesia universal el testimonio de Carlos de Foucauld: es otro carisma, ciertamente, pero tiene mucho que deciros también a vosotros, como a todos los cristianos de nuestro tiempo. Él, «desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos» (Enc. Fratelli tutti, 286). Oración y fraternidad: la Iglesia debe volver a este núcleo esencial, a esta sencillez irradiante, naturalmente no de forma uniforme, sino en la variedad de sus carismas, de sus ministerios, de sus instituciones; pero sobre todo dejar transpirar este núcleo originario, que se remonta a Pentecostés y a la primera comunidad, descrita en los Hechos de los Apóstoles (cfr. 2,42-47; 4,32-35).

A menudo nos vemos llevados a pensar en la profecía como una realidad individual —y esta es una dimensión que permanece siempre cierta, sobre el modelo de los profetas de Israel—. Pero la profecía también es y diría sobre todo comunitaria: es la comunidad que da testimonio profético. Pienso en vuestras fraternidades, formadas por personas procedentes de tantos países, de culturas diferentes. No es fácil, es un desafío que se puede aceptar solo contando con la ayuda del Espíritu Santo. Y después esta vuestra pequeña comunidad, que vive de oración y fraternidad, está llamada a su vez a dialogar con el ambiente en el que vive, con la gente, con la cultura local. En estos contextos, donde a menudo, además de la pobreza, se experimenta la inseguridad y la precariedad, vosotros sois enviados a vivir la dulce alegría de evangelizar. Estas palabras las usa san Pablo VI en su Evangelii nuntiandi. Evangelizar es la misión de la Iglesia, evangelizar es la alegría de la Iglesia. Entre paréntesis: tomad la Evangelii nuntiandi, que todavía hoy está vigente, y os dará muchos, muchos puntos de reflexión y de misión. Doy las gracias al Señor con vosotros por este gran don de la evangelización.

La Virgen, nuestra Señora de África, os acompañe y os proteja. Rezo por vosotros, os doy mi bendición; llevadla también a los hermanos y a los fieles de vuestras comunidades. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Gracias!



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