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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Lunes 6 de enero de 1992
Solemnidad de la Epifanía

 

1. «Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 2). Queridos hermanos y hermanas, los Magos que habían llegado a Jerusalén en búsqueda del Salvador recién nacido hablaron en estos términos a Herodes. El episodio que narra el evangelio de Mateo es y sigue siendo misterioso, tanto por la identidad de los protagonistas como por la naturaleza de la luz que los guió.

Sin embargo, esa atmósfera arcana que envuelve el acontecimiento encierra una lección de pedagogía profunda. Dios quiere enseñarnos que la encarnación de su Palabra no es un simple hecho de crónica, sino un acontecimiento sobrenatural, que tiene un valor eterno y una dimensión universal, Dios se ha hecho realmente hombre para redimir la naturaleza humana caída y para salvar a los hombres, que de este modo se han convertido en hermanos suyos. Como los Magos, también nosotros estamos llamados a adorar, en el pequeño Jesús, a Dios Creador y Señor del universo y a ofrecer con ellos espiritualmente los dones, como signo de reconocimiento de su realeza (el oro), de su divinidad (el incienso) y de su humanidad, que se inmolará en el Calvario (la mirra).

2. Así, la solemnidad de este día se convierte para nosotros cristianos en un estímulo que nos impulsa a dar un testimonio valiente y coherente de nuestra fe y de nuestro compromiso misionero. En efecto, es necesario tener presente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo constituyen la mayor parte de la humanidad. Por tanto, los creyentes no pueden dejar de advertir que la solicitud apostólica de transmitir a los hermanos la luz y el gozo del Evangelio es parte integrante de su fe. La Iglesia es por su naturaleza «misionera», y cuantos forman parte de ella deben sentirse apóstoles y testigos, haciéndose cada vez mas creíbles, dignos de crédito y convincentes.

3. También este año he querido subrayar el significado de la solemnidad de la Epifanía, confiriendo la ordenación a algunos obispos procedentes de diversas partes del mundo.

Al mismo tiempo que les renuevo mi más cordial saludo y les deseo un ministerio fecundo en la Iglesia de Dios, os invito a vosotros, queridos fieles, a que recéis por ellos y por todos los obispos que pastorean las Iglesias locales o tienen responsabilidades particulares. Y, junto con la oración, os invito a ofrecer también a los obispos vuestro afecto, vuestra comprensión y vuestra obediencia deferente. En realidad, Cristo los pone para que pastoreen la Iglesia (cf. Hch 20, 28): sin el obispo, no existe el sacerdocio, ni hay Eucaristía ni Iglesia. Si su dignidad es grande, también es grande su responsabilidad.

Elevemos nuestra plegaria a María e invoquemos su protección sobre todos los obispos de la Iglesia, los misioneros y todos los que colaboran con ellos para llevar la luz de Belén a las gentes.



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