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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 13 de marzo de 1991

 

El Espíritu Santo, Consolador

1. En el discurso de despedida, dirigido a los Apóstoles durante la Última Cena, Jesús prometió: «Yo pediré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16). El título «Consolador» traduce aquí la palabra griega Parakletos, nombre dado por Jesús al Espíritu Santo. En efecto, «Consolador» es uno de los posibles sentidos de Paráclito. En el discurso del Cenáculo, Jesús sugiere en este sentido, porque promete a los discípulos la presencia continua del Espíritu como remedio a la tristeza provocada por su partida (cf. Jn 16, 6-8).

El Espíritu Santo, mandado por el Padre, será «otro Consolador» enviado en nombre de Cristo, cuya misión mesiánica debe concluir con su partida de este mundo para volver al Padre. Esta partida, que tiene lugar mediante la muerte y la resurrección, es necesaria para que pueda venir el «otro Consolador». Jesús lo afirma claramente cuando dice: «Si no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador» (Jn 16, 7). La constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II presenta este envío del «Espíritu de la verdad» como el momento conclusivo del proceso de la revelación y de la redención, que responde al designio eterno de Dios (n. 4). Y todos nosotros, en la Secuencia de Pentecostés, lo invocamos: «Veni..., Consolator optime».

2. En las palabras de Jesús acerca del Consolador se escucha el eco de los libros del Antiguo Testamento y, en particular, del «Libro de la consolación de Israel», incluido en los escritos recogidos bajo el nombre del profeta Isaías: «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios... Hablad al corazón de Jerusalén... Ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa» (Is 40, 12). Y, un poco más adelante: «¡Aclamad, cielos, y exultad, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues el Señor ha consolado a su pueblo» (Is 49, 13). El Señor es para Israel como una madre que no puede olvidar a su hijo. Más aún; Isaías insiste en hacer decir al Señor: «Aunque una madre se llegase a olvidar, yo no te olvido» (Is 49, 15).

En la finalidad objetiva de la profecía de Isaías, además del anuncio de la vuelta de Israel a Jerusalén tras el exilio, la «consolación» encierra un contenido mesiánico, que los israelitas piadosos, fieles a la herencia de sus padres, tuvieron presente hasta los umbrales del Nuevo Testamento. Así se explica lo que leemos en el evangelio de Lucas acerca del viejo Simeón, que «esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2, 25-26).

3. Según Lucas, que habla de hechos sucedidos y narrados en el contexto del misterio de la Encarnación, es el Espíritu Santo quien realiza la promesa profética vinculada a la venida del primer Consolador, Cristo. En efecto, es él quien lleva a cabo en María la concepción de Jesús, Verbo encarnado (cf. Lc 1, 35); es él quien ilumina a Simeón y lo conduce al Templo en el momento de la presentación de Jesús (cf. Lc 2, 27); en él Cristo, al inicio de su ministerio mesiánico, declara, refiriéndose al profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18; cf. Is 61, 1 ss.).

El Consolador del que habla Isaías visto en la perspectiva profética, es Aquel que lleva la Buena Nueva de parte de Dios, confirmándola con «signos», es decir, con obras que contienen los bienes saludables de verdad, de justicia, de amor y de liberación: la «consolación de Israel». Y Jesucristo cuando, cumplida su obra, deja este mundo para volver al Padre, anuncia «otro Consolador», a saber, el Espíritu Santo, que el Padre mandará en nombre de su Hijo (cf. Jn 14, 26).

4. El Consolador, el Espíritu Santo, estará con los Apóstoles. Cuando Cristo ya no esté en la tierra, el Espíritu Santo los acompañará en los largos períodos de aflicción, que durarán siglos (cf. Jn 16, 17 ss.). Por tanto, estará con la Iglesia y en la Iglesia, especialmente en las épocas de luchas y persecuciones, como Jesús mismo promete a los Apóstoles con aquellas palabras que refieren los evangelios sinópticos: «Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12, 11-12; cf. Mc 13, 11); «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 20). Esas palabras se pueden referir a las tribulaciones que sufrieron los Apóstoles y los cristianos de las comunidades fundadas y presididas por ellos; pero también a todos los que, en cualquier lugar de la tierra, en todos los siglos, tendrán que sufrir por Cristo. Y, en realidad, son muchos los que, en todos los tiempos, incluidos los recientes, han experimentado esta ayuda del Espíritu Santo. Ellos saben ―y pueden dar testimonio de ello― qué gozo produce la victoria espiritual que el Espíritu Santo les concedió alcanzar. Toda la Iglesia de hoy lo sabe y es testigo de ello.

5. Ya desde los inicios, en Jerusalén, no le han faltado a la Iglesia contrariedades y persecuciones. Pero ya en los Hechos de los Apóstoles leemos: «Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo» (Hch 9, 31). El Espíritu-Consolador prometido por Jesús era quien había sostenido a los Apóstoles y a los demás discípulos de Cristo en las primeras pruebas y sufrimientos, y seguía concediendo a la Iglesia su confortación incluso en los períodos de tregua y de paz. De él dependía aquella paz y aquel crecimiento de las personas y de las comunidades en la verdad del Evangelio. Así sucedería siempre a lo largo de los siglos.

6. Una gran «consolación» para la Iglesia primitiva fue la conversión y el bautismo de Cornelio, un centurión romano (cf. Hch 10, 44-48). Era el primer «pagano» que, junto con su familia, entraba en la Iglesia, bautizado por Pedro. Desde aquel momento, se fueron multiplicando aquellos que, convertidos del paganismo, especialmente mediante la actividad apostólica de Pablo de Tarso y de sus compañeros, reforzaban la muchedumbre de los cristianos. Pedro, en su discurso a la asamblea de los Apóstoles y de los «ancianos» reunidos en Jerusalén, reconoció en aquel hecho la obra del Espíritu Consolador «Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros»(Hch 15, 7-9). Era una «consolación» para la Iglesia apostólica el hecho de que al comunicar el Espíritu Santo, como dice Pedro, Dios «no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe» (Hch 15, 9). Una «consolación» era también la unidad que, al respecto, había existido en aquella reunión de Jerusalén: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros (Hch 15, 28). Cuando se leyó a la comunidad de Antioquía la carta que refería las decisiones liberatorias de Jerusalén, todos «se alegraron por la consolación (en griego paraklesei ) que les infundía» (Hch 15, 31).

7. Otra .consolación» del Espíritu Santo para la Iglesia fue la redacción del Evangelio como texto de la Nueva Alianza. Si los textos del Antiguo Testamento, inspirados por el Espíritu Santo, son ya para la Iglesia un manantial de consolación y paciencia, como dice san Pablo a los Romanos (Rm 15, 4), cuánto más lo serán los libros que refieren «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio» (Hch 1, 1). De estos podemos decir, con más razón, que han sido escritos «para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4).

Por otra parte, una consolación que se ha de atribuir también al Espíritu Santo (cf. 1 P 1, 12) es el cumplimiento de la predicción de Jesús, a saber, que «se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las gentes», (Mt 24, 14). Entre estas «gentes» que abarcan todas las épocas, están también las del mundo contemporáneo, que parece tan distraído e incluso extraviado entre los éxitos y los atractivos de su progreso de orden temporal, demasiado unilateral. También a estas gentes, y a todos nosotros, se extiende la obra del Espíritu Paráclito, que no cesa de ser consolación y paciencia mediante la «Buena Nueva» de salvación.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo ahora saludar muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

En particular, a las Religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús y a la peregrinación de Jubilados y Pensionistas del Bajo Aragón.

Mientras aliento a todos a un renovado esfuerzo de conversión durante este tiempo que nos queda de Cuaresma, como preparación a la Pascua gloriosa, imparto con afecto la bendición apostólica.



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