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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de enero de 1992

 

1. "Id, pues... Yo estoy con vosotros" (Mt 28, 19-20). Estas palabras del Señor resucitado, que se hallan en la conclusión del evangelio de Mateo, han sido propuestas como fuente de inspiración y de reflexión para la Semana universal de oración por la unidad de los cristianos, que se está realizando en todo el mundo. También nosotros nos unimos a esa vasta asamblea de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, que en el mundo entero, y a menudo juntos, se han puesto a la escucha de esas últimas palabras del Señor. Con los ojos de la fe contemplamos la escena del Resucitado, que manifiesta a sus discípulos su deseo de que el anuncio del Evangelio se extienda hasta los confines de la tierra, asegurándoles al mismo tiempo su presencia continua.

Cristo está misteriosa, pero realmente presente, también hoy, aquí entre nosotros y nos repite su mandato misionero: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20).

2. En esas palabras que Jesús resucitado dirigió a los Once resaltan tres elementos: la declaración de su soberanía universal, la instrucción a los discípulos y la promesa de una presencia permanente. La íntima conexión que guardan entre sí esos tres elementos muestra que la actividad misionera depende estrechamente de la iniciativa y de la asistencia continua del Señor. Precisamente porque Jesús sigue presente sin límites de tiempo y de espacio, puede perpetuar su misión por medio de sus Apóstoles y mandarlos a "hacer discípulos" a las gentes de todo tiempo y de todo lugar.

En lugar del término "proclamar", más usado para la evangelización, y que se encuentra en textos análogos (Mc 13, 10; 14, 9; 16, 15; Lc 24, 27), Mateo usa una expresión propia: "haced discípulos a todas las gentes", indicando así un proceso más complejo y completo: los Once no sólo deben anunciar el Evangelio, sino también ayudar a los oyentes a acogerlo y a madurar la decisión de seguir a Jesús, convirtiéndose en discípulos suyos. En ese momento podrán "bautizarlos" y, luego, enseñarles a guardar todo lo que Jesús les ha mandado". Allí aparecen los dos aspectos esenciales del proceso por el que se llega a ser cristiano: el primero, litúrgico-sacramental (el rito de la iniciación cristiana) y el segundo, existencial-ético (la observancia de los mandamientos del Señor).

El mandato misionero de "hacer discípulos" se extiende a "todas las gentes", a todas las naciones, a todos los pueblos, es decir, a todo hombre. No existen limitaciones de raza, linaje, cultura, lengua u organización social.

Considerando el término de la misión, san Pablo escribe a los Gálatas: "Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).

"Hacer discípulos" a todas las gentes equivale, pues, a reunirlas en una unidad misteriosa, real y profunda. Jesús oró por sus discípulos de la siguiente manera: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17, 21).

El bautismo en nombre de la Trinidad, que es sacramento de ese acontecimiento, se ha convertido en praxis normal de la iglesia desde los inicios, como lo muestra el antiguo texto de la Didaché: "Con respecto al bautismo, bautizad así: habiendo explicado con anterioridad todos estos mandamientos, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva" (7, 1).

3. El Comité mixto internacional, compuesto por representantes de la Iglesia católica y del Consejo ecuménico de las Iglesias, ha propuesto leer el mandato misionero de Jesús a sus discípulos en el contexto de la actual Semana de oración por la unidad de los cristianos. En efecto, el mandato del Señor es permanente y presupone la unidad de los que han sido enviados a proclamar el Evangelio del único Señor. Ahora bien, la situación actual de los discípulos del Señor, espiritualmente dramática, nos ve aún divididos e incapaces de presentar un anuncio plenamente concorde. El concilio Vaticano II habla hecho notar con lucidez esa contradicción y había sacado las consecuencias, advirtiendo que la división "daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis redintegratio, 1).

La reciente Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos estudió la tarea de los cristianos de evangelizar a Europa en su nueva situación. Los padres, considerando las urgencias, las posibilidades y los límites, destacaron la necesidad de la "intima cooperación con las demás Iglesias y comunidades eclesiales". En la Declaración final afirman: "Nos hemos persuadido aún más de que la nueva evangelización de Europa es una obligación común de todos los cristianos y de que de esto depende la credibilidad de las Iglesias" (III, 7).

4. A pesar de las dificultades, también en este campo es posible fundar desde el punto de vista teológico una auténtica y sincera cooperación ecuménica. Ya lo había indicado el decreto conciliar sobre la actividad misionera, al proponer también sus motivaciones y modalidades:

"En cuanto lo permitan las condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica de forma que excluida toda especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del decreto sobre el ecumenismo" (Ad gentes, 15).

El Concilio atrae la atención hacia algunos peligros. Es preciso evitar, especialmente en este campo, toda forma de indiferentismo espiritual o de confusionismo doctrinal, al igual que toda emulación insensata, que suele ser causa de tensiones entre los testigos y de conflictos entre las comunidades. Por el contrario, en la medida de lo posible, hay que poner en práctica una común profesión de fe. En esa perspectiva, se señala la posibilidad de cooperar en la evangelización, no sólo en el campo técnico y social, en el que es más fácil realizarla, sino también en el campo ―más complejo― de la cultura, y en el mismo campo religioso. El decreto invita a una colaboración fraterna. Y añade la motivación de fondo: "Colaboren sobre todo por Cristo, su común Señor. ¡Que su nombre los junte! (ib.).

El Concilio considera posible esta cooperación no sólo entre las personas privadas, sino también entre las mismas Iglesias: "Esta colaboración hay que establecerla no sólo entre las personas privadas, sino también, a juicio del ordinario del lugar, entre las Iglesias o comunidades eclesiásticas y sus obras" (ib.).

5. Debido a su amplitud, delicadeza y complejidad, la cooperación en el campo de la evangelización pone a prueba todos los logros del movimiento ecuménico, tanto en el diálogo de la caridad, como en el diálogo teológico propiamente tal. Por lo demás, esa cooperación no sólo puede ayudar a la evangelización, sino también a la misma búsqueda de la unidad plena. En efecto, la misión exige unidad y, cuando ésta no es plena, impulsa a la búsqueda de la unidad en la oración, en el diálogo y en la cooperación.

En esta perspectiva, los padres de la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos invitaron a las demás Iglesias al diálogo "recordando nuestra común responsabilidad con respecto a dar testimonio del Evangelio ante el mundo y sobre todo ante el Señor de la Iglesia" (III, 7).

6. La Semana de oración por la unidad de los cristianos nos ofrece la oportunidad de dar gracias al Señor por lo que nos ha concedido alcanzar en la búsqueda de la reconciliación entre los cristianos, y de implorar el don de la unidad plena. También este año tenemos buenos motivos para dar gracias al Señor. El panorama ecuménico nos muestra que el camino hacia la unidad sigue su marcha en los diferentes diálogos, con ritmo diverso, y sigue positivamente abierto, con esperanzas fundadas. Hemos encontrado, también, dificultades e incomprensiones. En particular, no hemos podido gozar de la presencia de delegados de algunas Iglesias, que habían sido invitadas a la Asamblea especial del Sínodo de los obispos. Así, se perdió la oportunidad de discutir directamente con ellos. Espero de corazón que estas incomprensiones se superen pronto y que, a través de contactos y delegaciones, se pueda llegar a un pleno esclarecimiento, dentro de un clima de creciente confianza recíproca y de auténtica fraternidad.

Por los resultados alcanzados, por la continuación del diálogo, por la solución de los problemas existentes, invoquemos ahora la ayuda del Señor, recitando nosotros, los que estamos aquí presentes, junto con todos los cristianos, unidos por el bautismo común, el Padre nuestro.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo ahora presentar mi más cordial saludo de bienvenida a los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular al grupo de jóvenes del Perú y a la delegación de la ciudad de Orihuela (Alicante).

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.



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