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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de abril de 1992

 

La cruz es necesaria como camino que conduce a la victoria del amor

(Lectura:
evangelio de san Lucas, capítulo 24, versículos 13-17 y 25-27)

1. En esta semana de Pascua celebramos con gozo el misterio de la resurrección de Cristo. En él, acontecimiento del Hijo de Dios, encarnado en medio de la humanidad alcanza su culmen. El triunfo obtenido por el Salvador sobre la muerte es el "evento" por excelencia de la revelación. Por ello, la fiesta de Pascua es la mayor del año litúrgico.

La resurrección del Señor da a la religión cristiana el clima característico de alegría, que le es propio. Alegría desbordante, como la de las mujeres y los discípulos ante su Maestro, vivo de nuevo. Es una alegría permanente, porque el Cristo resucitado ya no puede morir, y los efectos de su resurrección ya no cesarán de manifestarse. Esa alegría, nacida el día de la resurrección, ha sido transmitida a la Iglesia como alegría inagotable, destinada a crecer hasta el fin del mundo y a colmar cada vez más el corazón de los hombres.

Todos estamos invitados a acoger en nuestra vida esta alegría, que recibimos a diario en la Eucaristía, en la que se renueva el misterio pascual: el sacrificio de Cristo se hace presente en la Eucaristía, de forma sacramental, mística, con su coronamiento en el misterio de la resurrección. La vida de la gracia, que llevamos dentro de nosotros mismos, es la vida de Cristo resucitado. Por consiguiente, con la gracia reina en nuestro interior una alegría que nada nos puede arrebatar, de acuerdo con la promesa de Cristo a sus discípulos: "Se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar" (Jn 16, 22).

2. No podemos, sin embargo, contemplar el misterio de la resurrección sin echar una mirada a lo que la precedió: la victoria obtenida en Pascua tiene como presupuesto el sacrificio redentor de Cristo.

El Maestro divino, que había anunciado en repetidas ocasiones su resurrección, había subrayado al mismo tiempo que, antes de ella, debía recorrer el camino del dolor: "comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días" (Mc 8, 31). Al declarar que su pasión era necesaria, Jesús quería enseñar que, de acuerdo con la voluntad del Padre su misión debía cumplirse por medio del sacrificio.

En medio de la alegría de la Pascua no podemos olvidar los sufrimientos del Salvador que, mediante la cruz, mereció la salvación de la humanidad. La cruz ha desempeñado un papel esencial en la misión salvífica de Cristo, como él mismo recuerda después de su resurrección a los discípulos de Emaús en el pasaje del evangelio de la misa de hoy: "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26). A esos dos discípulos, entristecidos y desconcertados por el evento de su pasión, Jesús explica el sentido de las Escrituras proféticas, mostrando que el Mesías debía llegar al triunfo glorioso por el camino del sufrimiento.

Así, pues, ¿por qué asombrarnos de que la ley de la cruz, tan íntimamente relacionada con la vida y la actividad salvífica de Jesús, se aplique también a nuestra vida? A todos los que, aún hoy, se encuentran trágicamente inmersos en el misterio del sufrimiento, y podrían caer en la tentación del desaliento y la desesperación, conviene recordarles la verdad que enseñó y vivió Cristo: la cruz es necesaria en nuestra vida, pero como camino que conduce a la victoria del amor. Todos estamos llamados a uniros a la ofrenda redentora de Cristo, a fin de compartir con él la alegría de la resurrección.

La Iglesia, por tanto, en esta semana pascual, dirige una palabra llena de esperanza a todos los que sufren, a todos los que gimen bajo el peso de sus pruebas: "vuestra tristeza ―según la promesa de Jesús― se convertirá en gozo" (Jn 16, 20).

3. A los discípulos de Emaús Jesús les reprocha su falta de fe, que les impide reconocerlo como el Salvador resucitado: "¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!" (Lc 24, 25). En sus apariciones, Cristo resucitado ofrece las pruebas de su nueva vida, pero sus discípulos experimentan dificultades para entender y aceptar. La resurrección es un misterio que requiere la adhesión de la fe.

Mientras Juan, el discípulo predilecto, cuando descubre la tumba vacía, cree en el Maestro resucitado (cf. Jn 20, 8), Tomás manifiesta su escepticismo y exige meter el dedo en las llagas de Cristo. Cuando al final, se rinde ante la evidencia, exclamando "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28), Jesús dice con tono de amable reproche: "Porque me has visto has creído", y luego añade: "Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20, 29).

Los que no han visto y están llamados a creer son todos los que no han tenido el privilegio de ver a Jesús en sus apariciones de resucitado. Somos también nosotros. Por ello, estamos todos invitados a creer en la resurrección de Cristo: felices nosotros si sabemos exclamar con Tomás, al fin creyente: "Señor mío y Dios mío".

4. ¿Qué sucedió al tercer día? Nadie vio el cuerpo del Salvador mientras recuperaba la vida, o mejor, mientras pasaba directamente de la muerte a una vida superior, la vida celeste. Fue colmado de la vida del Espíritu Santo.

Así se transformó en un cuerpo glorioso. Era el mismo cuerpo que había sido clavado en la cruz, pero poseía propiedades superiores a las del cuerpo humano en la vida sobre la tierra. Jesús no recuperó una existencia terrestre después de la resurrección: simplemente se apareció a los que estaban dispuestos a la fe. Cuando se aparecía, podía desplazarse como quería e incluso entrar en una sala cuyas puertas se hallaban cerradas (cf. Jn 20, 19). De ese modo, manifestaba que su verdadera vida era de orden celeste.

Después de cuarenta días de apariciones, Cristo desaparecerá definitivamente de la tierra, elevándose hacia el cielo. A partir de ese momento comienza a derramar en la humanidad la vida divina, de la que su cuerpo está colmado. Él ha resucitado por nosotros, para procurarnos la salvación y comunicarnos su vida divina: "yo vivo y también vosotros viviréis", dijo (Jn 14, 19).

Antes de dejar la tierra para establecerse en su poder celeste, Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo. Él desea que esa vida del Espíritu Santo, que colma su cuerpo resucitado, se convierta en la vida de la humanidad, a fin de que todos podamos beneficiarnos del fruto de su resurrección.

5. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo, que había sido prometido, descenderá sobre las mujeres y los discípulos, para convertirlos en testigos de Cristo resucitado. Así nacerá la Iglesia.

Desde entonces, el Espíritu Santo hace que Cristo resucitado viva en los creyentes. Más en particular, realiza en cada uno de ellos una vida "de hijos", que participan en la filiación divina de Cristo, y suscita en ellos la oración filial, que les hace gritar, como Jesús mismo: "Abbá, Padre", (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15).

Por otra parte, el Espíritu Santo reúne en la unidad de la Iglesia a los que tienen la misma fe en Cristo resucitado. Edifica y anima la comunidad, desarrollando el amor que Cristo vino a encender en el mundo, amor que ha alcanzado su culmen en la ofrenda del Calvario y que está destinado a alimentar las relaciones entre sus discípulos, que han recibido el nuevo mandamiento de amarse unos a otros como él mismo los ha amado (cf. Jn 13, 34; 15, 12).

El entusiasmo que se apoderó de los Apóstoles cuando se pusieron a proclamar las maravillas de Dios no es más que la alegría pascual en su plenitud, tal como el Espíritu Santo la renueva y propaga sin cesar.

6. En este período pascual dirigimos la mirada hacia Cristo resucitado.

Sabemos que estamos llamados a confirmarle nuestra fe y nuestra voluntad de dar testimonio de Él.

Lo consideramos como la fuente de nuestra esperanza, sabiendo que el Espíritu Santo, del que se halla colmado, se nos comunica también a nosotros para realizar nuevas maravillas en nuestro mundo.

Esperamos de Cristo triunfante un nuevo impulso de amor, de aquel amor gracias al cual Él ha vencido el odio y la hostilidad con su sacrificio.

De Cristo, lleno de vida, sacamos la alegría que necesitamos para vivir "como hijos" y para perseverar en el compromiso de ser perfectos como es perfecto nuestro Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 48).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Me es grato saludar ahora a los peregrinos y visitantes de lengua española, procedentes de América Latina y de España.

De modo particular, saludo a los peregrinos mexicanos de Monterrey y al grupo de argentinos, que regresan de una peregrinación por Tierra Santa.

Saludo igualmente a los feligreses de San Isidro Labrador de Cabo de Palos y los Belenos, de Murcia (España), venidos a Roma para conmemorar el Centenario de su Parroquia. Junto con ellos, saludo a los demás grupos españoles, sobre todo los escolares y parroquiales. Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. Que vuestra vida sea, pues, un testimonio permanente de que sois verdaderos discípulos suyos.

A todos imparto con gran afecto la bendición apostólica.



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