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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 20 de enero de 1993

 

1. La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que estamos celebrando en estos días, como todos los años, nos ofrece la oportunidad de reflexionar y, sobre todo, de orar para que se apresure el cumplimiento de la invocación de Cristo al Padre durante la última Cena: «que todos sean uno» (Jn 17, 21).

El deseo de alcanzar la plena unidad entre todos los creyentes en Cristo acompaña constantemente el camino de la Iglesia. El concilio Vaticano II, tratando acerca del compromiso ecuménico de la Iglesia católica, declaró que «la restauración de la unidad entre todos los cristianos» era uno de sus «principales propósitos» (Unitatis redintegratio, 1) y precisó solemnemente que ese compromiso «es cosa de toda la Iglesia, tanto de los fieles como de los pastores, y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria, ya en las investigaciones teológicas e históricas» (ib., 5).

Se trata de una tarea que es preciso cumplir sirviéndose de diversos instrumentos, como el estudio, la confrontación, el diálogo, la colaboración, y la renovación de cada uno de los cristianos y de las mismas comunidades. A este respecto, el Concilio, con sentido de religiosidad y realismo, «se declara consciente de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humana. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu Santo» (ib., 24).

La unidad es, en primer lugar, don de Dios, que debemos implorar con una oración intensa y humilde.

2. Consciente de esa verdad, el Comité mixto de representantes de la Iglesia católica y del Consejo ecuménico de las Iglesias, que anualmente establece el tema para la reflexión y la oración ecuménica, acogiendo la sugerencia de un grupo interconfesional de Kinshasa (Zaire), ha querido, este año, invitar a los creyentes en Jesús a ponerse a la escucha del Espíritu Santo a fin de «dar el fruto del Espíritu para la unidad de los cristianos». La carta de san Pablo a los Gálatas nos explica cuál es ese fruto: «es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).

Adoptar esas disposiciones interiores, conformándose cada vez más íntimamente a Cristo, impulsa al creyente hacia una comunión cada vez más profunda con sus hermanos, pues Cristo es único, como único es también el Espíritu, que está en la raíz de esas disposiciones interiores. Por ese motivo, dones, carismas y virtudes, cuando son auténticos, tienden de forma concorde y armoniosa a la unidad. De forma significativa, el Apóstol, al presentar esa amplia lista de virtudes, las resume en singular con la palabra «el fruto ―ho karpós del Espíritu»: las diversas virtudes, en su articulación, confluyen en un «único fruto» del Espíritu, que es precisamente el amor.

Es lo que san Pablo explica a los primeros cristianos de Roma: «el amor de Dios ―afirma― ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). El amor de Dios (agapé) se manifiesta en el dominio de sí y en la mansedumbre, en la comprensión hacia el prójimo, en la cordialidad de las relaciones y en la apertura al perdón.

3. Éstos son los presupuestos indispensables para una verdadera búsqueda de la unidad.

La experiencia ha demostrado claramente que, con vistas a la plena comunión, es necesario poner como fundamento de las relaciones entre los creyentes y las comunidades el amor recíproco fundado en el mandamiento nuevo, que Jesús dio a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (cf. Jn 13, 34).

Solamente en el marco del amor recíproco, reflejo de la caridad de Dios para con nosotros, podemos comprender al prójimo y reconocer su rectitud de intención, incluso cuando sus convicciones son diversas. Sin verdadero amor surgen y se consolidan las reservas mentales, las desconfianzas, las sospechas recíprocas, todo lo cual puede llevar a atribuir al prójimo intenciones que no tiene.

Por el contrario, san Pablo explica a los cristianos de Corinto que «la caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta« (1 Co 13, 4-7).

Precisamente por eso nos esforzamos por promover como marco normal de las relaciones ecuménicas el así llamado «diálogo de la caridad», que es preciso profundizar, apartando las causas que pueden obstaculizarlo o frenarlo.

La caridad auténtica pone de relieve la fidelidad a la voluntad del Señor y dispone, así, el espíritu a acoger la verdad en toda su integridad.

4. «Dar el fruto del Espíritu para la unidad de los cristianos». El tema de esta Semana de oración nos recuerda el deber de ser dóciles y obedientes a lo que nos dice el Espíritu, convirtiéndonos en cooperadores activos de Dios en la obra de reconciliación y unificación que corresponde a su voluntad y al plan de la salvación.

Amadísimos hermanos y hermanas, demos gracias al Padre celestial por el movimiento ecuménico que, a pesar de las dificultades y los obstáculos, prosigue con perseverancia su arduo camino, logrando significativos esclarecimientos y convergencias, que pueden facilitar la búsqueda común. Tenemos clara conciencia de que el Espíritu divino acompaña fielmente y sostiene el camino de los creyentes «hasta la verdad completa», (Jn 16, 13), hasta la unidad plena en la verdad. En efecto, no puede haber ningún obstáculo tan grave que sea capaz de impedir la realización del plan de Dios.

Que el Señor, por intercesión de María, Virgen fiel, nos conceda una nueva efusión de su Espíritu Santo, que ayude a los discípulos de Jesús a «dar el fruto del Espíritu para la unidad de los cristianos», especialmente en las zonas donde han surgido conflictos y donde resulta más urgente el testimonio de la comunión y la solidaridad.

El fruto del Espíritu es amor, paciencia, bondad. Es paz.

«Señor, Dios nuestro ―rezamos en estos días― que amas a los hombres, te rogamos derrames sobre nosotros la gracia abundante de tu Espíritu, para que, caminando en santidad según la vocación a que nos llamas, demos a los hombres testimonio de la verdad y busquemos la unidad de todos los creyentes en el vínculo de la paz verdadera».

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Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas,

Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España aquí presentes, así como a las personas de lengua española que siguen nuestro encuentro a través de la radio y la televisión.

A todos bendigo de corazón.



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