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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 17 de febrero de 1993

 

1. «¿Quién podía prever que a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad, Perpetua y el gran Agustín, asociaríamos un día los queridos nombres de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a los demás que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo».

El Papa Pablo VI pronunció estas palabras en la canonización de los mártires ugandeses en 1964, durante el concilio Vaticano II. Algunos años mas tarde, el mismo Pablo VI visitó el santuario ugandés de estos mártires que dieron su vida por Cristo a fines del siglo pasado.

Además, hay que añadir las recientes beatificaciones de Anwarite en Zaire, de Victoria Rasoamanarivo en Madagascar y, por último, de Josefina Bakhita, joven sudanesa vendida como esclava y llevada por la divina Providencia a la fe y a la santidad por el camino de la vocación religiosa, en la congregación de las religiosas canosianas.

2. Así pues, el reciente viaje a África ha sido una verdadera peregrinación, siguiendo el camino de los santos y beatos que África ha dado a la Iglesia en este último período: período de gran significado para la misión y el desarrollo del cristianismo en el continente negro. Deseo manifestar mi agradecimiento a mis hermanos en el episcopado de Benin, Uganda y Sudán, que con su invitación me han brindado la posibilidad de visitar una vez más África.

Al mismo tiempo manifiesto un profundo agradecimiento a las autoridades civiles, que, por su parte, se han unido a la invitación de los episcopados locales. Mi agradecimiento se extiende a cuantos han contribuido a la preparación de la visita y han favorecido su éxito, colaborando intensamente durante su desarrollo. Doy las gracias a todos los hermanos y hermanas de Benin, Uganda y Sudán; doy las gracias asimismo a los hermanos y hermanas de la Iglesia católica y de las otras comunidades cristianas, como también a los musulmanes y a los representantes de las religiones tradicionales.

3. La primera etapa del viaje, Benin se ha desarrollado en la archidiócesis de Cotonou, la capital, y en Parakou, al norte del país. Doy las gracias por su presencia y participación a todos aquellos con los que me he encontrado. En particular, a los representantes del islam y del vudú, una de tantas religiones tradicionales africanas. Los seguidores de las religiones tradicionales constituyen una gran parte de la población del continente negro. De ellos proceden los seguidores de Cristo que, sobre todo durante el último siglo, se han convertido al Evangelio y han recibido el bautismo. Mediante la fe se han hecho partícipes del misterio divino que antes estaba escondido para ellos. Los dones que ofrecieron en el curso del encuentro de Cotonou simbolizaban precisamente ese misterio divino.

Los cristianos de Benin miran con amor a esos hermanos y hermanas con los que ellos mismos se sienten unidos por su origen común. La Iglesia en ese país es joven y se alegra porque aquel que un tiempo era el arzobispo de Cotonou hoy está en Roma en calidad de cardenal prefecto de la Congregación para los obispos. Se alegra también por las vocaciones sacerdotales y religiosas. He tenido el gozo de ordenar once nuevos sacerdotes durante la visita.

¡Cuán elocuente ha sido la clausura de la visita, el Magnificat durante las Vísperas en la catedral de Cotonou, dedicada a Nuestra Señora de la Misericordia! ¡Hemos dado gracias al Señor junto con el Episcopado, los sacerdotes, las religiosas, los hermanos de las congregaciones y de los institutos religiosos, y los numerosos catequistas! Hemos dado gracias por la obra de evangelización que, iniciada el siglo pasado, ha dado sus frutos.

4. Este sentimiento de gratitud ha acompañado, también, la permanencia en Uganda, país en el que el cristianismo está muy extendido. Efectivamente, los católicos y los anglicanos constituyen la gran mayoría de la sociedad ugandesa. La Iglesia católica, distribuida en dieciséis diócesis, lleva a cabo activamente su misión en el país. Para poder efectuar la visita a esta Iglesia, al menos parcialmente, he ido a Kampala y a otras tres localidades situadas en diversas regiones: Gulu, Kasese y Soroti, donde han tenido lugar los encuentros con las comunidades diocesanas. Dado que el momento central de cada una de las etapas ha sido la Eucaristía, hay que poner de relieve la particular belleza de la liturgia, en la que se manifiesta lo mejor de las tradiciones nativas. Se ve que el Evangelio, asimilado por estas culturas, saca de ellas y consolida lo que constituye su auténtica riqueza humana y espiritual. Cada celebración eucarística ha sido, al respecto, una gran demostración de la vitalidad de la evangelización en África.

5. Namugongo: se llama así el lugar, próximo a Kampala, la capital, donde se venera a los mártires ugandeses; a ese lugar acuden numerosas peregrinaciones. El domingo 7 de febrero, siguiendo las huellas de mi predecesor Pablo VI, me he unido a los peregrinos allí donde en los años 1885-1887 hijos generosos de la Iglesia ugandesa dieron la vida por Cristo. Se ha tratado, al mismo tiempo, de una peregrinación ecuménica: primero al santuario de los mártires de la Iglesia anglicana y luego al templo construido en honor de san Carlos Lwanga y de sus veintiún compañeros católicos. Unos y otros confesaron, de modo heroico, la fe y, condenados a muerte, fueron quemados vivos, como ocurría en la época romana de las «antorchas de Nerón». El santuario de los mártires ugandeses, que posee el carácter de templo nacional, ha sido elevado, en esta circunstancia, a la dignidad de basílica y la eucaristía celebrada sobre las reliquias de los mártires ha constituido una confesión especial de la vida que hay en Cristo, crucificado y resucitado.

El testimonio de los santos ugandeses continúa vivo y sigue edificando la Iglesia, pueblo de Dios. Esto ha querido significar la cita con los jóvenes en la tarde anterior a la peregrinación a Namugongo. Otra manifestación de fe tuvo lugar el día de la peregrinación, durante el encuentro con todo el Episcopado ugandés y, antes aún, en la visita al hospital dirigido por las religiosas irlandesas Franciscanas Misioneras para África. «En tu luz vemos la luz» (Sal 36, 10): este tema del encuentro con los jóvenes puede constituir la síntesis de todo el día, cuyo centro sigue siendo el gran testimonio de fe de los mártires de la Iglesia en Uganda.

6. En la catedral de Rubaga, cerca de Kampala, descansa Mons. Joseph Kiwanuka, primer hijo de la tierra negra ordenado obispo. En esta catedral ha tenido lugar la tercera reunión ―tercera en tierra africana― preparatoria de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, que convoqué el 6 de enero de 1989. Las otras dos reuniones en África se llevaron a cabo en Yamosucro, Costa de Marfil, del 8 al 10 de septiembre de 1990, y en Luanda, Angola, del 9 al 12 de junio del año pasado. La celebración de la Asamblea especial del Sínodo para África está prevista para la primavera de 1994.

7. Josefina Bakhita. Junto a los santos mártires ugandeses y a las beatas Anwarite y Victoria, la Providencia divina pone, en el camino del Evangelio entre las jóvenes Iglesias de África, una beata sudanesa. Vendida de joven en el mercado de los esclavos, rescatada luego y liberada, halla el camino para seguir a Cristo entre las religiosas de santa Magdalena de Canosa, en tierra véneta, donde recibe el bautismo y emite los votos religiosos. Dios ha revelado la santidad de esta humilde hija de África en un momento especial. Después de la beatificación, acaecida en Roma en mayo de 1992, ha nacido la idea de honrar a la nueva beata también en su país de origen. Ésta es su patria: ella debe hacer brillar entre los suyos la luz divina que ilumina la vida, difícil y llena de sufrimientos, de sus compatriotas.

En Sudán, país en su mayoría musulmán, los cristianos pertenecen a la población negra autóctona, concentrada sobre todo en el sur. En la archidiócesis de Jartum, la capital, el número de los católicos ha aumentado a causa de los prófugos procedentes del sur, donde desde hace muchos años continúa la guerra y donde hasta la ayuda humanitaria ha llegado a menudo con dificultad. La evangelización del Sudán está vinculada desde hace más de un siglo, de modo especial, a la actividad de los padres Blancos, de Daniel Comboni, y de su congregación misionera, así como a la de otras comunidades.

Durante la celebración eucarística, la Iglesia en Sudán, con la participación de una gran multitud de cristianos de todo el país, ha acogido a Bakhita, su hija declarada beata, que ha regresado, en el misterio de la comunión de los santos, al pueblo del que en otro tiempo había salido.

Confiamos en que dichos acontecimientos contribuyan al acercamiento de musulmanes y cristianos de Sudán para el bien de toda África y para la causa de la paz en el mundo contemporáneo.

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Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas,

Mi cordial bienvenida a esta audiencia a todos los peregrinos y visitantes de los distintos países de América Latina y de España. Un fraterno saludo a los obispos de Guinea Ecuatorial, presentes en Roma para la visita «ad limina Apostolorum». Igualmente saludo a los estudiantes de la Universidad Católica de Asunción (Paraguay), a los integrantes de las Comunidades Neocatecumenales y a las peregrinaciones de Costa Rica y de Buenos Aires.

A todos bendigo de corazón. 



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