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SANTA MISA PARA LOS EMPLEADOS DE LAS VILLAS PONTIFICIAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Castelgandolfo
Domingo 29 de julio de 1979

 

"¿Dónde podemos comprar el pan para que éstos puedan comer?"

Ante la multitud, que le había seguido desde las orillas del mar de Galilea hasta la montaña para escuchar su palabra, Jesús da comienzo, con esta pregunta, al milagro de la multiplicación de los panes, que constituye el significativo preludio al largo discurso en el que se revela al mundo como el verdadero Pan de vida bajado del cielo (cf. Jn 6, 41).

1. Hemos oído la narración evangélica: con cinco panes de cebada y dos peces, proporcionados por un muchacho, Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil hombres. Pero éstos, no comprendiendo la profundidad del "signo" en el cual se habían visto envueltos, están convencidos de haber encontrado finalmente al Rey-Mesías, que resolverá los problemas políticos y económicos de su nación. Frente a tan obtuso malentendido de su misión, Jesús se retira, completamente solo, a la montaña.

También nosotros, hermanos y hermanas carísimos, hemos seguido a Jesús y continuamos siguiéndole. Pero podemos y debemos preguntarnos: ¿Con qué actitud interior? ¿Con la auténtica de la fe, que Jesús esperaba de los Apóstoles y de la multitud cuya hambre había saciado, o con una actitud de incomprensión? Jesús se presentaba en aquella ocasión algo así —pero con más evidencia— como Moisés, que en el desierto había quitado el hambre al pueblo israelita durante el éxodo; se presentaba algo así —y también con más evidencia— como Eliseo, el cual con veinte panes de cebada y de álaga, había dado de comer a cien personas. Jesús se manifestaba, y se manifiesta hoy a nosotros, como Quien es capaz de saciar para siempre el hambre de nuestro corazón: "Yo soy el pan de vida; el que viene a mí ya no tendrá más hambre y el que cree en mí jamás tendrá sed" (Jn 6, 35).

El hombre, especialmente el de estos tiempos, tiene hambre de muchas cosas: hambre de verdad, de justicia, de amor, de paz, de belleza; pero sobre todo, hambre de Dios. "¡Debemos estar hambrientos de Dios!", exclamaba San Agustín (famelici Dei esse debemus: Enarrat. in psalm. 146, núm. 17: PL, 37, 1895 s.). ¡Es El, el Padre celestial, quien nos da el verdadero pan!

2. Este pan, de que estamos tan necesitados, es ante todo Cristo, el cual se nos entrega en los signos sacramentales de la Eucaristía y nos hace sentir, en cada Misa, las palabras de la última Cena: "Tomad y comed todos de él; porque este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros". Con el sacramento del pan eucarístico —afirma el Concilio Vaticano II— "se representa y realiza la unidad de los fieles, que constituyen un solo Cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor 10, 17). Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo que es Luz del mundo; de El venimos, por El vivimos, hacia El estamos dirigidos" (Lumen gentium, 3).

El pan que necesitamos es, también, la Palabra de Dios, porque, "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4 cf. Dt 8, 3). Indudablemente, también los hombres pueden pronunciar y expresar palabras de tan alto valor. Pero la historia nos muestra que las palabras de los hombres son, a veces, insuficientes, ambiguas, decepcionantes, tendenciosas; mientras que la Palabra de Dios está llena de verdad (cf. 2 Sam 7, 28; 1 Cor 17, 26); es recta (Sal 33, 4); es estable y permanece para siempre (cf. Sal 119, 89; 1 Pe 1, 25).

Debemos ponernos continuamente en religiosa escucha de tal Palabra; asumirla como criterio de nuestro modo de pensar y de obrar; conocerla, mediante la asidua lectura y personal meditación. Pero, especialmente, debemos hacerla nuestra, llevarla a la práctica, día tras días, en toda nuestra conducta.

Por último, el pan que necesitamos es la gracia, que debemos invocar y pedir con sincera humildad y con incansable constancia, sabiendo bien que es lo más valioso que podemos poseer.

3. El camino de nuestra vida, trazado por el amor providencial de Dios, es misterioso, a veces humanamente incomprensible y casi siempre duro y difícil. Pero el Padre nos da el "pan del cielo" (cf. Jn 6, 32), para ser aliviados en nuestra peregrinación por la tierra.

Quiero concluir con un pasaje de San Agustín, que sintetiza admirablemente cuanto hemos meditado: "Se comprende muy bien... que tu Eucaristía sea el alimento cotidiano. Saben, en efecto, los fieles lo que reciben y está bien que reciban el pan cotidiano necesario para este tiempo. Ruegan por sí mismos, para hacerse buenos, para perseverar en la bondad, en la fe, en la vida buena... La Palabra de Dios, que cada día se os explica y, en cierto modo, se os reparte, es también pan cotidiano" (Sermo 58. IV: PL, 38, 395).

¡Que Cristo Jesús multiplique siempre. también para nosotros, su pan!

¡Así sea!

 



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