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SANTA MISA "IN CENA DOMINI"

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Juan de Letrán 
Jueves Santo 8 de abril de 1982

 

1. «El Padre había puesto todo en sus manos» (Jn 13, 3).

Antes de la Cena pascual Cristo tiene conciencia clara de que el Padre le ha puesto todo en las manos. Es libre con toda la plenitud de la libertad que goza el Hijo del hombre, el Verbo encarnado. Es libre con una libertad tal que no es propia de ningún otro hombre.

La última Cena: todo lo que en ella se cumplirá tiene su origen en la perfecta libertad del Hijo respecto del Padre.

Dentro de poco llevará esta libertad suya a Getsemaní y dirá: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 42).

Entonces aceptará el sufrimiento que caerá sobre El y que es al mismo tiempo objeto de una opción; un sufrimiento de dimensiones inconcebibles para nosotros.

Pero durante la última Cena la opción estaba ya hecha. Cristo actúa con plena conciencia de la opción ya realizada. Sólo tal conciencia explica el hecho de que El, «tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19). Y después de cenar tomó el cáliz diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre», como refiere San Pablo (1 Cor 11,25), mientras los Evangelistas puntualizan: «en mi sangre que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20), o «mi sangre del Nuevo Testamento que será derramada por muchos» (Mt 26, 28; Mc 14, 24).

Al pronunciar estas palabras en el Cenáculo, Cristo ya ha hecho la opción.

La ha hecho hace tiempo. Ahora la realiza de nuevo. Y en Getsemaní la cumplirá una vez más al aceptar en el dolor toda la inmensidad del sufrimiento vinculado a esta opción.

«El Padre había puesto todo en sus manos».

Todo, el designio completo de la salvación, el Padre lo ha entre- gado a su libertad perfecta.

Y a su amor perfecto.

2. Mediante la opción de Cristo, mediante su libertad perfecta y su amor perfecto, en la cena pascual la figura del cordero pascual llegó al culmen de su significado.

De su institución habla la lectura de hoy del Éxodo: «Lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua del Señor». «Será un animal sin defecto ... lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido ... », «Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto ... Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera al país de Egipto» (Ex 12,11.5-7.12-13).

Esta es la Pascua de la Antigua Alianza.

El recuerdo del Paso por Egipto de la mano purificadora del Señor.

El recuerdo de la salvación mediante la sangre del cordero inocente.

El recuerdo de la liberación de la esclavitud.

El día catorce de Nisán de cada año, celebra todavía Israel la Pascua. Por su parte Cristo celebra con los Apóstoles la última Cena.

Meditan sobre la liberación de la esclavitud mediante la sangre del cordero inocente.

Y Cristo dice sobre el pan: Tomad y comed; éste es mi cuerpo, que ha sido entregado por vosotros. Después dice sobre el vino: Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre que será derramada por vosotros. Por vosotros y por todos (cfr. Mt 26, 26-28; Lc 22, 19-20) .

En el marco de estas palabras aparece ya el cumplimiento de la figura del cordero de la Antigua Alianza.

Y de pronto, en la historia de la humanidad, en la historia de la salvación, entra el Cordero de la Nueva Alianza, el Cordero más inocente, el Cordero de Dios.

Entra mediante su Cuerpo y Sangre; mediante el Cuerpo que será entregado, mediante la Sangre que será derramada. Entra a través de la muerte que libera de la esclavitud de la muerte del pecado. Entra a través de la muerte que da la vida.

El sacramento de la última Cena es el signo visible de esta vida. Es alimento de vida eterna.

3. Sucedió «antes de la fiesta de Pascua». Aquella fue la hora de Cristo, la hora «de pasar de este mundo al Padre».

En aquella hora, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). «Los suyos que estaban en el mundo», ¿acaso solamente los que estaban con El en la hora de la última Cena? No sólo ellos. Amó a todos «los suyos», a todos los que iba a redimir. A todos desde el principio del mundo hasta el fin. A todos y en todos los sitios.

Y entonces les lavó los pies; a los que estaban en el Cenáculo A Pedro, el primero.

Entonces, en el momento de su primera Eucaristía, les deseó pureza, una pureza mayor de cuanto ellos mismos habían pensado; de cuanto había pensado Pedro.

Y desea esta pureza a todos.

El amor le obliga a desear pureza a todos y en todos los sitios.

«Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo» (Jn 13, 8).

En la Eucaristía Cristo desea compartir su vida conmigo, desea la comunión.

En la perspectiva de esta comunión con el hombre, desea la pureza de su alma.

Esta es, pues, la hora de la última Cena. La hora de Cristo. La hora del grande e ilimitado deseo de su corazón; El desea la comunión con el hombre y desea la pureza del alma humana.

¿Acaso podemos rehuir este deseo?



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