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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL CHAD
ANTE LA SANTA SEDE
*


Viernes 5 de enero de 1990

 

Señor Embajador:

Con gran alegría acojo a Su Excelencia al Vaticano y le doy la bienvenida a esta casa en calidad de Primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República del Chad ante la Santa Sede.

Le agradezco vivamente las palabras corteses que me acaba de dirigir, y que son testimonio de sus nobles sentimientos, que aprecio mucho. En particular, le doy gracias por haberme ofrecido los saludos amables de su Presidente, Su Excelencia el Señor Hissein Habré. Me complace expresarle, por medio de usted, mis respetuosos y cordiales votos, recordando el encuentro que tuve recientemente con él.

En vísperas de mi visita pastoral a su país, resulta muy grata esta circunstancia que viene a manifestar la proximidad de los objetivos que existe entre el Chad y la Santa Sede y que demuestra nuestra intención de cooperar al servicio del bien común. Encrucijada multisecular entre el Sahara y el África tropical, el Chad desempeña un papel especial en el progreso de la paz. Señor Embajador, la misión que está Usted inaugurando será preciosa, en medio de los representantes de las naciones que se consagran a la edificación de un mundo más humano, ya que la comunidad internacional se beneficiará de la experiencia adquirida por su pueblo, que sabe favorecer un buen entendimiento entre las personas que pertenecen a tradiciones espirituales diferentes. Esté usted seguro de que, como Pastor de la Iglesia Católica, yo experimento por ello una gran satisfacción.

El país que usted representa ha sufrido hasta hoy, como usted ha dicho, un largo periodo de pruebas. A lo largo de estos últimos años, la sequía, las irregularidades climáticas, la proliferación de las langostas, y el hambre que de ello ha derivado, han causado numerosos sufrimientos. A esos se han venido a añadir las desgracias y las ruinas de la guerra. Su sociedad ha quedado afectada por ello, y las dificultades económicas no han podido menos de dejar sus huellas negativas en el conjunto de la sociedad.

Con todo, los signos de renovación son claramente visibles hoy en día y su país conserva todas sus esperanzas de salir adelante en virtud del dinamismo de sus habitantes, tanto en la ciudad como en el campo, y en virtud de la energía moral que los anima. Además, el creciente sentimiento de pertenecer a una misma nación y el deseo de trabajar juntos son un buen presagio para la edificación de una sociedad con gran porvenir, ahora que se ha vuelto a encontrar la paz.

Por su parte, los fieles de la Iglesia Católica, que buscan ante todo vivir su fe en sus quehaceres cotidianos, se sienten impulsados a unir sus propios esfuerzos a los de sus demás compatriotas en la obra del desarrollo. Animados por sus obispos, desean aportar también ellos una contribución cualificada en la marcha hacia el progreso. Las estructuras sanitarias de la Iglesia Católica, sus establecimientos escolares, sus hogares para jóvenes y sus organismos de ayuda, quieren estar al servicio de todos, dentro del respeto a las convicciones religiosas de cada uno.

Permítame, Señor Embajador, aprovechar esta feliz ocasión de su venida para expresar, por medio de usted, todo mi afecto a la comunidad católica del Chad y para manifestarle que me alegra el pensar que pronto voy a celebrar con ella la fe que nos une.

En su país, las comunidades musulmanes y cristianas mantienen buenas relaciones. Doy gracias a Dios por estos lazos de amistad, que garantizan efectivamente el respeto a la dignidad de todo ser humano y protegen a la nación de dolorosas desgarraduras interiores. Abrigo el deseo de que se entable un diálogo cada vez más constructivo no sólo entre musulmanes y católicos sino también con los hermanos cristianos de otras confesiones y los miembros de las religiones africanas tradicionales, depositarias de valores ancestrales. La solidaridad alcanza su verdadera profundidad cuando la vida común integra claramente la dimensión espiritual del hombre. Formulo votos para que el entendimiento y la ayuda mutua entre los creyentes del Chad contribuya al robustecimiento de la unidad de su pueblo y a su progreso.

En el momento en que comienza usted su misión, le ofrezco mis mejores deseos para el feliz cumplimiento de su tarea. Esté usted seguro de que siempre encontrará aquí una acogida atenta y una comprensión cordial.

Sobre Su Excelencia, sobre el Señor Presidente de la República, el Gobierno y el pueblo del Chad, invoco de corazón la abundancia de las bendiciones del Altísimo.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.5, p.11.



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