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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE LA INDIA
ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 11 de enero de 1990

 

Señor Embajador:

Es para mí un placer darle la bienvenida al Vaticano y aceptar las Cartas Credenciales mediante las cuales es nombrado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de la India ante la Santa Sede. Su presencia aquí reaviva en mí los recuerdos de la visita que hice a su País en febrero de l986 y que fue sobre todo un viaje espiritual y de paz. Éstos son sentimientos que renuevo para su Presidente, para su Gobierno y para el pueblo de la India.

Un momento especial de aquel viaje fue la visita a Raj Ghat, dedicada a la memoria del Padre de la Nación, Mahatma Ghandi. Allí rendí tributo al poder de la verdad que nos lleva a «reconocer con Mahatma Ghandi la dignidad, la igualdad y la fraternal solidaridad de todos los seres humanos, y nos impulsa a rechazar cualquier forma de discriminación. Esto nos muestra una vez más la necesidad del mutuo entendimiento, de la aceptación y colaboración entre los grupos religiosos en la sociedad pluralista de la India moderna y en todo el mundo» (Mensaje en Raj Ghat; Nueva Delhi, 1 de febrero de 1986. n.2: cf L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de febrero de l986 pág. 2). Sus propias palabras de hoy aquí, Señor Embajador, han manifestado de nuevo la posición de la India de no discriminación y de igual respeto a todas las religiones. En esta estructura, la Iglesia Católica puede seguir cumpliendo su misión religiosa y humanitaria en vuestro País, a pesar de algunas dificultades, en favor del desarrollo de aquellos valores y libertades esenciales que por sí solos salvaguardan la inalienable dignidad de todo ser humano.

Una sociedad política existe para promover el establecimiento de la justicia, el progreso del bien común y la participación de todos sus miembros en los procesos que sostienen y guían 1a vida de la comunidad (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1 de enero de 1982, n. 9; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de diciembre de1981, pág. 8). En un mundo en que a diario crece una mayor interdependencia, las naciones, en su esfuerzo por salir al encuentro de estas demandas dentro de sus fronteras, no pueden dejar de estar activamente comprometidas en la promoción de la paz y de sus condiciones, como son, por ejemplo, el desarrollo y el desarme a nivel global. Sin un acuerdo y cooperación internacional, estas graves cuestiones quedarían sin una solución adecuada. Aprovecho esta ocasión para recordar la actividad de la India en algunas áreas de los esfuerzos internacionales, y para expresar la esperanza de que el pensamiento y la búsqueda religiosa, que forma una parte tan notable de la cultura de la India, favorezcan un mayor florecimiento de la cooperación entre vuestro País y la Santa Sede en esta esfera.

De hecho las creencias religiosas, sus prácticas y el diálogo entre las grandes religiones de la India no están desconectadas ni son ajenas a los esfuerzos por hacer frente a los desafíos que se plantean al desarrollo presente y futuro. La opinión pública se está haciendo cada vez más consciente de que el desarrollo no es sólo cuestión de aplicar la ciencia y la tecnología a las cuestiones que afrontan los individuos y las sociedades. Dicha actividad tiene una dimensión moral que no puede ser negada sin que se produzcan importantes consecuencias negativas para el bien común. Llevando a sus miembros a la comunión con el Creador y enseñándoles a ser responsables ante la vida y ante el mundo en que vivimos, las religiones desempeñan un papel muy importante en el estímulo del desarrollo genuino y en asegurar que la voz de la sabiduría se oiga tanto en el mercado como en el templo.

Hablando a los representantes de la vida religiosa, cultural y social de la India en Nueva Delhi, el 2 de febrero de 1986, dije que «para la prosecución del desarrollo humano integral es necesario hacer hincapié en lo que es más noble y grandioso en el hombre: reflexionar sobre su naturaleza, su vida y su destino. En otras palabras, el desarrollo humano integral requiere una visión espiritual del hombre» (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española,  9 de febrero de 1986, pág. 8). Expresé la convicción de que «la misión de la India en todo esto es crucial, por su intuición sobre la naturaleza espiritual del hombre. Ciertamente, la mayor contribución que la India podrá ofrecer al mundo es la de una visión espiritual del hombre. Y el mundo hará bien en prestar su atención y voluntad a esta forma de sabiduría ancestral y en ella encontrar el enriquecimiento para la vivencia humana» (ibíd.). Ahora que el mundo emprende una radical transformación, esta intuición y sabiduría espiritual son de lo más necesario en la familia humana para progresar a lo largo del camino que lleva a la verdadera paz y al bienestar.

Como usted ha apuntado, Señor Embajador, la existencia del Cristianismo en la India es contemporánea con su presencia en Europa; esto es, su presencia en vuestro País nos lleva hasta los tiempos de sus orígenes, los tiempos apostólicos. La Iglesia está hoy comprometida en muchas formas de servicio a la comunidad nacional. Abrigo fervientes esperanzas de que un espíritu de comprensión y colaboración ayude a todas las secciones de la población a ver las actividades educativas, sanitarias y sociales de la Iglesia como lo que realmente son: una manifestación de amor a 1os seres humanos, hijos de Dios, y una profunda solidaridad humana, especialmente hacia los más necesitados.

Señor Embajador, confío en que, en el ejercicio de su noble misión, se esfuerce por fortalecer la amistad y comprensión entre su Gobierno y la Santa Sede. Elevo mis oraciones para que tenga éxito en su misión. Que el Dios Todopoderoso le bendiga a usted y a su País.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n. 8, p.10.



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