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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA UNIDA DE TANZANIA
ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 12 de enero de 1990

 

Señor Embajador:

Es para mí un placer darle la bienvenida al Vaticano al inicio de su misión como Embajador de la República Unida de Tanzania ante la Santa Sede, y aceptar sus Cartas Credenciales. En esta ocasión, le manifiesto mis mejores deseos de éxito en la misión que se le ha confiado. Le ruego que sea portador de mis saludos al Presidente de la República Unida, Su Excelencia Ah Hassan Mwinyi, junto con mis oraciones por la paz y prosperidad de todo el pueblo de Tanzania.

Su Excelencia ha hecho mención de mi próximo viaje pastoral a Tanzania. Contemplo gozoso la oportunidad de visitar su País y de encontrarme con sus dirigentes y sus habitantes. Como ha sido siempre, el objeto primario de mi visita será confirmar a mis hermanos y hermanas católicos en su fe. Junto con esto, espero animar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, cualesquiera que sean sus creencias religiosas, a que se comprometan en la construcción de una sociedad en la que la justicia, la armonía y la paz sean la estructura para el desarrollo integral de todos sus ciudadanos. Tan noble objetivo ha sido lo que ha perseguido y guiado el desarrollo de Tanzania a través de sus veinticinco años de existencia como nación, y el ejemplo de su País ha sido de diferentes maneras una inspiración y un apoyo para muchos de sus vecinos en el África occidental.

Hoy la tentación del mundo cada vez se centra más en el deseo que tienen individuos y pueblos enteros de alcanzar una auténtica libertad y de ver amanecer una nueva era marcada por un sincero diálogo y cooperación para el bien de todos. Las jóvenes naciones de África pueden aportar una contribución vital a este respecto. Basándose en los profundos valores humanos de sus culturas tradicionales, estas naciones pueden ayudar a fortalecer el crecimiento de lo que el Concilio Vaticano II ha llamado un nuevo humanismo en el que el hombre se define en primer lugar por su responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia» (Gaudium et spes, 55).

Dentro de la comunidad internacional, la Santa Sede ha buscado apoyar toda iniciativa que promueva el crecimiento de la colaboración y la solidaridad entre los individuos, las naciones y los grupos sociales. La Iglesia, a la luz de la fe cristiana, cree firmemente que dicha solidaridad es el camino seguro hacia la verdadera paz en el mundo. Como dije una vez, el objetivo de la paz... sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor» (Sollicitudo rei socialis, 39).

Dicha unidad y solidaridad son inseparables del deber moral de respetar la dignidad de la persona humana en todas las dimensiones de su existencia. Por esta razón, desde el comienzo de mi pontificado, he procurado dirigir la atención hacia la salvaguarda de los derechos humanos fundamentales de la libertad de conciencia y de práctica religiosa. El ejercicio de estos derechos es esencial para el auténtico desarrollo de los individuos, de las naciones y de toda la familia humana. He afirmado que «a través de las fuentes inagotables de la recta conciencia» los creyentes pueden tener «motivos superiores en el empeño por construir una sociedad más justa y humana» (Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1988, n. 3; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de diciembre de 1987, pág. 23).

Los católicos de Tanzania son una minoría entre sus conciudadanos. Pero esto no les impide contribuir al desarrollo del progreso de su nación a lo largo del camino de un auténtico desarrollo social. Ellos aprecian el respeto que tiene su Gobierno hacia su experiencia y convicciones. Por ejemplo, tomando parte en el diálogo nacional sobre la población, han buscado contribuir a la formulación de políticas que estén en pleno acuerdo con la ley moral y con las mejores tradiciones de los pueblos africanos. Deseo alabar al Gobierno de Tanzania por escuchar su voz en este tema que interesa directamente a la verdad integral de la persona humana, a la dignidad de los individuos y, a la larga, al bien último de toda la sociedad.

Señor Embajador, confío en la continua y diligente colaboración de sus conciudadanos católicos en la construcción de una sociedad marcada por la fraternidad, el respeto y el diálogo, en la que está empeñado su Gobierno. Renovando mis mejores deseos en el comienzo de su misión como Embajador ante la Santa Sede, le aseguro la colaboración de la Curia Romana. Que el Dios Altísimo derrame sus abundantes bendiciones sobre usted y sobre todo el amado pueblo de Tanzania.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.5, p.11.



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