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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE CHINA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 17 de junio de 1991

 

Señor Embajador:

Es un gran placer darle la bienvenida al Vaticano y aceptar las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de China ante la Santa Sede. Le agradezco los saludos que me ha transmitido de parte de su Presidente, su Gobierno y sus compatriotas. Le ruego que les asegure a todos ellos la sinceridad de mis buenos deseos y el fervor de mis oraciones por su paz y bienestar.

Usted ha hablado de los nobles ideales y aspiraciones que están en el corazón de la gran traición cultural china. Los logros de la mente y el espíritu resumidos en las enseñanzas de renombrados filósofos y sabios chinos dio consistencia y forma a un humanismo que sobrevivió a las vicisitudes de la historia y que impregnó la vida cultural y social de toda la familia china con verdades y valores ennoblecedores. Cuando se introdujo el Catolicismo en China, se produjo un intercambio muy profundo y fructífero, precisamente en el ámbito de esta cultura y herencia moral. Fue un diálogo que surgió espontáneamente de la tendencia innata en el hombre a trascenderse a sí mismo y sus circunstancias materiales. Fue un ejemplo hermoso de esa experiencia humana universal, que he enunciado así en mi reciente encíclica acerca de la enseñanza social de la Iglesia: «El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras» (Centesimus annus, 49).

El encuentro entre la cultura de su pueblo y el Evangelio tuvo éxito a pesar de muchas dificultades. Puso de manifiesto un amplio abanico de comprensión mutua y aspiraciones compartidas. Como escribí a la Iglesia que está en Taiwán con ocasión del Simposio sobre la Evangelización que se celebró en marzo de 1988: «Aceptar a Cristo y su Evangelio no significa en absoluto abandonar la propia cultura o dejar de ser fiel a la propia nación» (Mensaje a la Conferencia Episcopal regional, 2 de febrero de 1988).

La Iglesia está profundamente comprometida en este diálogo entre sus fieles y las ricas tradiciones de su cultura. Busca comprender cada vez más el estilo genuino de pensar y sentir de su pueblo, de manera que su culto a Dios y su servicio a la familia humana, en especial a los pobres y necesitados, contribuya de manera eficaz a construir una sociedad justa y pacífica.

Existe hoy, sobre todo en las sociedades desarrolladas, el peligro de que la memoria histórica de los pueblos, que preserva su identidad común, se debilite. La gente a menudo se extravía e ignora las consecuencias negativas de la pérdida de los valores espirituales que caracterizan la vida, cuando el consumismo exagerado regula el estilo de su comportamiento social. La sociedad llega a perder su «personalidad», porque la familia y los demás grupos intermedios ya no son capaces de desempeñar su función natural de proporcionar el apoyo, la formación y la solidaridad que requieren sus miembros (cf. Centesimus annus, 49). En cada comunidad local de creyentes y en el marco de su presencia en la comunidad internacional, la Iglesia procura contrarrestar esas tendencias promoviendo el sentido de los valores de todo ser humano, creado a imagen de Dios, y educando a los individuos a ser conscientes de su responsabilidad y de sus deberes en relación con el desarrollo de su potencial humano. En cuanto a la sociedad, el único propósito de la Iglesia es el de cuidar y ser responsable del hombre, propósito que Cristo mismo le ha confiado (cf. ib., 53).

La Iglesia tiene gran confianza en que, a pesar de las posibles desviaciones, se reconozca más y mejor el lugar central del hombre en el seno de la sociedad. Asimismo, confía en que las autoridades estatales y políticas tomen cada vez mayor conciencia de que es preciso crear condiciones de libertad que permitan al hombre atender a sus necesidades espirituales y trascendentes. El respeto a la libertad de pensamiento, de conciencia y religión es fundamental para el desarrollo humano y la armonía social de las naciones. La aplicación exacta de los principios de libertad religiosa ayuda a educar a los ciudadanos para que reconozcan las exigencias del orden moral y, en consecuencia, obren con responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones, respondiendo a las necesidades de los demás y cooperando con sus compatriotas en la construcción de estructuras de desarrollo, justicia y paz.

Señor Embajador, su misión diplomática ante la Santa Sede no se basa tanto en las políticas de las relaciones entre los Estados, cuanto en la reflexión y acción de los principios éticos y morales, que deben guiar la participación de los pueblos en la vida internacional y en los esfuerzos de sus respectivos Gobiernos por responder a las cuestiones fundamentales que ha de afrontar la familia humana. En el foro internacional, la Santa Sede ofrece su buena voluntad y su cooperación leal, preocupándose por los problemas, ansiedades y aspiraciones de los pueblos del mundo y respetando absolutamente su soberanía y las formas específicas de vida y gobierno que han elegido libre y legítimamente.

Con mis oraciones por el éxito de su misión, le aseguro, Excelencia, la asistencia y cooperación de los diferentes organismos de la Santa Sede. Invoco con mucho gusto abundantes bendiciones divinas sobre usted y sus compatriotas.


*L'Osservatore Romano, edición Semanal en lengua española, n.31, p.11.



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