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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A NUEVE EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE
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Jueves 13 de enero de 1994

 

Excelencias:

1. Al aceptar las Cartas que os acreditan como Embajadores de vuestros respectivos países ante la Santa Sede, os expreso mi profunda estima por los pueblos a los que representáis, y envío mis saludos respetuosos a vuestros Jefes de Estado. Da­do que procedéis de África, América, Asia y Oceanía, vuestra presencia aquí es una señal visible de la gran diversidad de la familia humana y refleja también el carácter universal de la comunidad diplomática acreditada ante la Santa Sede.

Como diplomáticos, estáis al servicio de los intereses de vuestras naciones mediante la búsqueda paciente de los caminos de comprensión y diálogo, que constituyen el único medio seguro y duradero para la promoción de la justicia y la paz en los asuntos humanos. Al mismo tiempo, brindáis vuestro apoyo a las instituciones jurídicas que tratan de consolidar y aumentar la cooperación política y social entre las naciones y establecer lazos estrechos de solidaridad entre los pueblos.

2. Sin embargo, por desgracia, vivimos en un mundo desgarrado por conflictos dolorosos, en el que a menudo no se escuchan las repetidas invitaciones al diálogo y a la negociación, y en el que los sufrimientos de las víctimas inocentes se multiplican día tras día. Los países más jóvenes, especialmente los del hemisferio sur, sienten de modo particular la necesidad de paz y solidaridad, que lleva a un desarrollo auténtico. Buscan modelos de progreso que les permitan vivir con dignidad, libres de la esclavitud de la pobreza, del hambre y de la deuda. Desean construir un futuro de libertad y autodeterminación según sus propias tradiciones culturales y religiosas. También las sociedades más desarrolladas de Oriente y Occidente experimentan esta necesidad de paz, cuando procuran renovar los valores morales y espirituales necesarios para mantener relaciones justas y pacíficas en todos los niveles de su coexistencia.

3. Gracias a su presencia en la comunidad internacional, la Santa Sede, en sintonía con la naturaleza y la misión específicas de la Iglesia, intenta ayudar a la humanidad precisamente mediante la promoción de esta cultura, tan necesaria, de cooperación y solidaridad, que se basa en el respeto de las verdades de orden moral, la preocupación por el auténtico desarrollo humano y la defensa de la dignidad humana. Los miembros de la Iglesia, impulsados por el mensaje del Evangelio, desean de igual modo servir al bien común mediante las obras educativas, caritativas y sociales, con las que manifiestan su fe en Cristo. Piden, y esperan con razón, el reconocimiento de su libertad para participar plenamente en la vida de sus respectivos países, y aportar la perspectiva de su fe cristiana a las cuestiones críticas que la sociedad debe afrontar.

4. Por este motivo, la Santa Sede os considera como compañeros al servicio de la familia humana. ¡La Iglesia os alienta en vuestra noble tarea de ser artífices de paz! Sabe que la paz es un don de Dios Todopoderoso, que no sólo arraiga en las instituciones y las estructuras, sino también, con mayor fuerza, en lo más íntimo del corazón humano. Por esta razón, está convencida de que «el objetivo de la paz, tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad y un mundo mejor» (Sollicitudo rei socialis, 39).

Excelencias, os formulo mis mejores votos en este momento en que comenzáis vuestra misión. Invoco cordialmente la abundancia de las bendiciones divinas sobre vosotros y sobre los pueblos a los que representáis.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.3 p.19 (p.43).



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