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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de mayo de 1991

 

El Espíritu Santo, principio vital del amor nuevo

1. En el alma del cristiano hay un amor nuevo, por el cual participa en el amor mismo de Dios: «El amor de Dios ―afirma San Pablo― ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Es un amor de naturaleza divina, por eso muy superior a las capacidades connaturales al alma humana. En el lenguaje teológico, recibe el nombre de caridad. Este amor sobrenatural tiene un papel fundamental en la vida cristiana, como hace notar por ejemplo santo Tomás, quien subraya con claridad que la caridad no es sólo «la más noble de todas las virtudes» (excellentisima omnium virtutum), sino también «la forma de todas las virtudes, porque gracias a ella sus actos se ordenan al fin último y debido» (II-II, q. 23, aa. 6 y 8).

La caridad es, por tanto, el valor central del hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24; cf. Ga 3, 27; Rm 13, 14). Si se compara la vida cristiana a un edificio en construcción, es fácil reconocer en la fe el fundamento de todas las virtudes que lo componen. Es la doctrina del Concilio de Trento, según el cual «la fe es el comienzo de la salvación humana, fundamento y raíz de toda justificación» (cf. Denz. -S. 2532). Pero la unión con Dios mediante la fe tiene por finalidad la unión con él en el amor de caridad, amor divino del que participa el alma humana como fuerza operante y unificadora.

2. El Espíritu Santo, al comunicar su impulso vital al alma, la hace apta para observar, en virtud de la caridad sobrenatural, el doble mandamiento del amor dado por Jesucristo: Amor a Dios y al prójimo.

«Amarás al Señor, tu Dios, con toda tu mente...» (Mc 12, 30; cf. Dt 6. 4-5). El Espíritu Santo hace participar al alma del impulso filial de Jesús hacia el Padre, de manera que ―como dice san Pablo― «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8, 14). Hace amar al Padre como el Hijo lo ha amado, a saber, con un amor filial que se manifiesta en el grito «Abbá» (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15), pero que se extiende a todo el comportamiento de quienes, en el Espíritu, son hijos de Dios. Bajo el influjo del Espíritu, toda la vida se transforma en un homenaje al Padre, lleno de reverencia y de amor filial.

3. Del Espíritu Santo deriva también la observancia del otro mandamiento: el amor al prójimo. «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado», ordena Jesús a los Apóstoles y a todos sus seguidores. En estas palabras: «como yo os he amado», reside el nuevo valor del amor sobrenatural, que es participación en el amor de Cristo hacia los hombres y, por consiguiente, en la caridad eterna, en la que tiene su primer origen la virtud de la caridad. Como escribió santo Tomás de Aquino, «la esencia divina es por sí misma caridad, como es sabiduría y bondad. Por eso, así como puede decirse que somos buenos con la bondad que es Dios, y sabios con la sabiduría que es Dios, pues la bondad que nos hace formalmente buenos es la bondad de Dios, y la sabiduría que nos hace formalmente sabios es una participación de la sabiduría divina; así también la caridad con la que formalmente amamos al prójimo es una participación de la caridad divina» (II-II, q. 23, a. 2, ad 1). Y esa participación se realiza por obra del Espíritu Santo, que así nos hace capaces de amar no sólo a Dios, sino también al prójimo, como Jesucristo lo amó. Sí, también al prójimo, porque habiéndose derramado el amor de Dios en nuestros corazones, podemos amar a los hombres e incluso, de algún modo, a las mismas criaturas irracionales (cf. santo Tomás, II-II, q. 25, a. 3) como las ama Dios.

4. La experiencia histórica nos enseña cuán difícil es la realización concreta de este precepto. Y, sin embargo, es el centro de la ética cristiana, como un don que viene del Espíritu y que es necesario pedirle. Lo afirma san Pablo, que en la carta a los Gálatas los exhorta a vivir en la libertad que da la nueva ley del amor, con tal que «no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Ga 5, 13). «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5, 14). Y después de haber recomendado: «Por mi parte os digo: si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne» (Ga 5, 16), indica el amor de caridad (ágape) como primer «fruto del Espíritu Santo» (Ga 5, 22). Por consiguiente, el Espíritu Santo es el que nos hace caminar en el amor y nos hace capaces de superar todos los obstáculos hacia la caridad.

5. En la primera carta a los Corintios, san Pablo parece querer complacerse en la enumeración y descripción de las dotes de la caridad hacia el prójimo. En efecto, tras haber recomendado aspirar a los «carismas superiores» (1 Co 12, 31), hace el elogio de la caridad como de algo muy superior a todos los dones extraordinarios que puede conceder el Espíritu Santo, y muy fundamental para la vida cristiana. Brota así de su boca y de su corazón el himno a la caridad, que puede considerarse un himno a la influencia del Espíritu Santo en el comportamiento humano. En él la caridad se configura en una dimensión ética con caracteres de concreción operativa: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa; no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7).

Se diría que san Pablo, al enumerar los «frutos del Espíritu» (Ga 5, 22), quisiera indicar, en correlación con el himno, algunos comportamientos esenciales de la caridad. Entre éstos:

1) Ante todo, la «paciencia» (cf. el himno: «La caridad es paciente», 1 Co 13, 4). Se podría observar que el Espíritu mismo da ejemplo de paciencia con los pecadores y con su comportamiento imperfecto, como se lee en los evangelios, en los que Jesús es llamado «amigo de publicanos y de pecadores» (Mt 11, 19; Lc 7, 34). Es un reflejo de la misma caridad de Dios, observó santo Tomás, «que usa misericordia por amor, porque nos ama como algo propio» (II-II, q. 30, a. 2, ad 1).

2) Fruto del Espíritu es la «benevolencia» (cf. el himno: «la caridad es servicial», 1 Co 13, 4). También ella es un reflejo de la benevolencia divina hacia los demás, vistos y tratados con simpatía y comprensión.

3) Está luego la «bondad» (cf., el himno: La caridad «no busca su interés», 1 Co 13, 5). Se trata de un amor dispuesto a dar generosamente, como el del Espíritu Santo, que multiplica sus dones y hace partícipes de la caridad del Padre a los creyentes.

4) En fin, la «mansedumbre» (cf. el himno: la caridad «no se irrita», 1 Co 13, 5). El Espíritu Santo ayuda a los cristianos a reproducir las disposiciones del «corazón manso y humilde» (Mt 11, 29) de Cristo y a poner en práctica la bienaventuranza de la mansedumbre que él proclamó (cf. Mt 5, 4).

6. Con la enumeración de las «obras de la carne» (cf. Ga 5, 19-21), san Pablo aclara las exigencias de la caridad, de la que derivan deberes bien concretos, en oposición a las tendencias del homo animalis, es decir, víctima de sus propias pasiones. En particular: evitar los celos y las envidias, deseando el bien del prójimo; evitar las enemistades, las discordias, las divisiones y las rencillas, promoviendo todo lo que lleva a la unidad. A esto alude el versículo del himno paulino, en el que se dice que la caridad «no toma en cuenta el mal» (1 Co 13, 5). El Espíritu Santo inspira la generosidad del perdón por las ofensas recibidas y por los daños sufridos; y capacita para ello a los fieles a quienes, como Espíritu de luz y de amor, hace descubrir las exigencias ilimitadas de la caridad.

7. La historia confirma la verdad de lo expuesto: la caridad resplandece en la vida de los santos y de la Iglesia, desde el día de Pentecostés hasta hoy. Todos los santos y todas las épocas de la Iglesia llevan consigo los signos de la caridad y del Espíritu Santo. Se diría que en algunos períodos históricos la caridad, bajo la inspiración y la guía del Espíritu, ha asumido formas caracterizadas particularmente por la acción auxiliadora y organizadora de las ayudas para vencer el hambre, las enfermedades y las epidemias de tipo antiguo y nuevo. Hubo así «santos de la caridad», como fueron llamados especialmente en el siglo XIX y en el nuestro. Son obispos, presbíteros, religiosos y religiosas y laicos cristianos: todos «diáconos» de la caridad. Muchos han sido glorificados por la Iglesia; muchos otros por los biógrafos y los historiadores, que logran ver con sus ojos o descubrir en los documentos la verdadera grandeza de estos seguidores de Cristo y siervos de Dios. Y, no obstante, la mayoría permanece en aquel anonimato de la caridad que, sin cesar y eficazmente, colma de bien al mundo. ¡Que la gloria esté también con estos soldados desconocidos, con estos testigos silenciosos de la caridad! ¡Dios los conoce, Dios los glorifica verdaderamente! Tenemos que estarles agradecidos, pues son la prueba histórica del «amor de Dios derramado en los corazones humanos» por el Espíritu Santo, primer artífice y principio vital del amor cristiano.


Saludos

Deseo ahora dirigir mi más cordial saludo de bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular, a los integrantes del Movimiento Neocatecumenal de México y a la peregrinación de la parroquia San Antonio María Claret, de Madrid.

A todas las personas, familias, y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.



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