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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA SEÑORA CORAZÓN C. AQUINO, PRESIDENTA DE FILIPINAS

Sábado 18 de junio de 1988

 

Señora Presidenta:

Me resulta sumamente grato recibirla en el Vaticano. Efectivamente, su presencia aquí, da testimonio de los estrechos y amistosos lazos que existen entre el pueblo filipino, al que usted representa, y el Obispo de Roma, encargado de un ministerio universal de servicio a la Iglesia en toda nación. En el curso de mi Pontificado he tenido muchas oportunidades de experimentar la fuerza de este vínculo de unión, especialmente en ocasión de mi visita a vuestro País en 1981, y en mis frecuentes encuentros con los numerosos peregrinos de Filipinas que visitan la Ciudad de los Apóstoles Pedro y Pablo. Le agradezco las amables palabras de benevolencia que usted ha expresado en su nombre.

La reciente historia de vuestro País está llena de importantes acontecimientos que siguen teniendo profundas repercusiones en la vida colectiva de la Nación. El nuevo estilo de gobierno del País se ve positivamente animado por todos aquellos que consideran este proceso como un camino mejor para afrontar algunos de los más urgentes problemas que afectan el bienestar del pueblo filipino. Muchos de vuestros conciudadanos están convencidos de que un servicio mejor al bien del país puede realizarse por el camino de una mayor participación de todos en la vida nacional y a través de un arreglo negociado de los problemas más importantes, cuya solución afecta a la unidad y la estructura de la Nación, incluyendo la importante cuestión de las relaciones entre el Gobierno central y los grupos y movimientos que reclaman una autonomía. La reforma agraria, que no es la parte menos importante de vuestro programa de Gobierno, puede ayudar a afrontar, en sus niveles más profundos, el desafío de la construcción de una sociedad más justa. Los esfuerzos realizados hasta ahora, en orden a asegurar el desarrollo en varios sectores de la vida pública y privada, ofrecen a todos un estímulo para proseguir con una determinación cada vez mayor en el servicio del bien común.

De hecho, estos logros invitan al Gobierno y al pueblo filipino a no disminuir sus esfuerzos por defender y fortalecer los valores por los que vuestra Nación es justamente apreciada en todo el mundo. Quiero resaltar con especial énfasis los valores de la dignidad humana y la vida familiar, de los que depende el bien integral de la Nación directa e indirectamente. Filipinas no puede subsistir como sociedad amante de la paz, justa y humana, si las familias filipinas no preservan su unidad y resisten al derrumbamiento de la moral y de los valores éticos que son los fundamentos de la sociedad. Éste es un tiempo propicio para recordar el tradicional compromiso filipino a favor de la familia y de la comunidad, y el «ethos» de la solidaridad que marcan tan profundamente el carácter filipino. Allí, en vuestra tradición, existe un sentido espontáneo acerca de ciertos aspectos que he subrayado en mi reciente Encíclica sobre la Doctrina Social de la Iglesia: la centralidad de la persona humana en todo proceso de desarrollo, y la necesidad de una constante superación de los obstáculos morales a ese desarrollo, obstáculos como las ansias incontroladas de posesión y de poder, diametralmente opuestas a la invitación evangélica: «‘perderse’, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, ‘servirlo’ en lugar de oprimirlo para el propio provecho» (Sollicitudo rei socialis, 38). El pueblo filipino, Señora Presidenta, posee esas cualidades tradicionales llamadas pakakaisa y bayanihan que pueden contribuir a promover la justicia social y a asegurar que toda dignidad y Derecho humano sea respetado y defendido.

La Iglesia no posee programas políticos o económicos específicos que ofrecer, pero cumpliendo su propia misión en un contexto de libertad religiosa, hace presente en cada área de la vida las verdades religiosas y los valores que dan fuerza para sustentar la resolución de servir al bien común con sincera dedicación e indefectible honestidad. Ella enseña un amor especial a los más necesitados y a los miembros más desposeídos de la sociedad, y de esta manera alienta los efectivos trabajos de caridad y justicia que «humanizan» en gran medida la sociedad. Sus enseñanzas acerca de la fe y la moralidad no están alejadas de la vida diaria, sino que, a menudo, llaman a una indefectible coherencia entre la fe y la conducta. La Doctrina Social de la Iglesia es una llamada permanente a concientizar tanto a los seguidores de nuestro Señor y Salvador Jesucristo como a los hombres y mujeres de buena voluntad, dondequiera que se reconozca el bien integral de la persona humana como el criterio apropiado de todo progreso. Los católicos filipinos, así como sus hermanos y hermanas musulmanes, pueden encontrar en sus respectivas tradiciones religiosas la motivación y la energía moral necesarias para un esfuerzo conjunto que lleve el País adelante, fuera de las presentes tensiones, hacia un período de armonía, caracterizado por el trabajo intenso a favor de la causa del desarrollo y de una más elevada moralidad de todas las esferas de la vida privada y pública.

Las tareas que la historia ha encomendado a Vuestra Excelencia en el servicio de vuestro País no son en modo alguno sencillas. Os aseguro que os recordaré, tanto a usted como a vuestros ciudadanos, en mis oraciones. En este Año Mariano, encomiendo a usted y a su familia, así como al entero pueblo filipino, a la protección amorosa de la Madre de Dios, María Santísima. Los filipinos se ufanan de llamarse a sí mismos un «pueblo amante de María». ¡Pueda su presencia espiritual continuar consolando y sosteniendo a las familias filipinas en su respuesta a las exigencias de la presente hora de prueba de vuestra historia!

Dios bendiga a Filipinas.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.32, p.10.



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