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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A SEIS NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 19 de noviembre de 1994

 

Excelencias:

1. Me complace daros la bienvenida al Vaticano y recibir las Cartas Credenciales que os acreditan como Embajadores Extraordinarios y Plenipotenciarios de vuestros respectivos países ante la Santa Sede. A través de vosotros transmito mis cordiales saludos a los Jefes de Estado y a los habitantes de Dinamarca, Tunicia, India, Bangladesh, Ghana y Jordania, representada aquí por primera vez, después del reciente establecimiento de relaciones diplomáticas. Nuestro encuentro en esta sala manifiesta la gran diversidad de la familia humana, el deseo de las personas de buena voluntad de vivir juntas en armonía y, sobre todo, el firme compromiso de vuestros Gobiernos de promover el bienestar de sus pueblos a través del diálogo y la cooperación entre las naciones.

2. La Iglesia está convencida de que el progreso humano se realizará mediante el respeto pleno, efectivo, y garantizado jurídicamente, de la dignidad inalienable y de los derechos de la persona humana. Sólo sobre esta base se puede construir una sociedad renovada y solucionar los problemas complejos y graves que afronta la humanidad. Por eso, la Santa Sede procura favorecer el progreso de lo que mi predecesor, el Papa Pablo VI, solía llamar la civilización del amor: un ambiente espiritual capaz de abrazar a gente de todas las razas, culturas y confesiones religiosas, en la búsqueda honrada de la verdad, de la justicia y de un desarrollo integral de todos los miembros de la familia humana, especialmente de los pobres y de quienes se esfuerzan por hacer oír sus legítimas reivindicaciones.

3. Mediante su presencia y su actividad en la comunidad internacional, la Santa Sede trata de testimoniar los valores espirituales y morales esenciales para la construcción de relaciones justas y fraternas entre los pueblos. Entre sus preocupaciones, hay que destacar la importancia del principio, contenido en diversos acuerdos internacionales, del respeto al derecho fundamental e inviolable de cada persona a gozar de la libertad de conciencia y de religión. Espero que también vosotros, como representantes de vuestros países, trabajéis en favor de una garantía efectiva de este derecho humano fundamental. Asimismo, durante este Año internacional de la Familia, no podemos menos de considerar a la familia, el núcleo fundamental de la sociedad, como la primera de las instituciones que manifiestan y consolidan los valores de la paz (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1994, n. 5). Así pues, la familia merece cuidado y apoyo especiales por parte de vuestros Gobiernos y de toda la sociedad internacional.

Si observamos la situación actual del mundo, vemos luces y sombras, signos de esperanza de un progreso verdadero, pero también oscuros presagios de una nueva crisis en las relaciones, minadas no sólo por los desacuerdos ideológicos, sino también por el exclusivismo étnico. ¿Puede la comunidad internacional hallar un medio práctico para afrontar la amenaza de una nueva fragmentación?

4. El año próximo se celebrará el 50° aniversario de la Organización de las Naciones Unidas. Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas han tratado de catalizar e, incluso, promover una evolución hacia un sentido más vivo de los derechos humanos y, por tanto, hacia un nuevo «derecho de gentes» (cf. Centesimus annus, 21). Aunque a lo largo de los años su acción se ha visto obstaculizada a menudo por las políticas de un mundo dividido en bloques, ha llegado a ser el punto focal de una conciencia más difundida de la necesidad de afrontar los graves desequilibrios que minan la paz mundial, porque minan la justicia y la equidad en las relaciones entre los pueblos. Las Naciones Unidas no siempre han logrado encontrar un medio efectivo para solucionar justamente los conflictos internacionales, y sus políticas de ayuda al desarrollo tampoco han sido siempre positivas. Precisamente por esta razón, este 50° aniversario es una gran oportunidad para llevar a cabo una reforma y una corrección necesarias. Pero la Santa Sede, que ha procurado contribuir a la realización de los nobles ideales de la Organización de las Naciones Unidas, sigue esperando que sea un foro de debates y de decisiones cada vez más abierto y elevado al servicio de los pueblos del mundo, y, por tanto, un instrumento valioso para el desarrollo humano auténtico.

Con estas breves reflexiones, os expreso mis cordiales deseos de éxito en este momento en que comenzáis vuestra misión como distinguidos representantes de vuestros países ante la Santa Sede. También mis colaboradores están dispuestos a prestaros su ayuda en esta tarea. Por mi parte, invoco cordialmente las abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso sobre vosotros, vuestras familias y los pueblos a los que representáis.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.49, p.10 (p.706).



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